Mensaje del Dr. David Bernier
Presidente del Comité Olímpico de Puerto Rico
En ocasión del natalicio de Don Luis Muñoz Marín
16 de febrero de 2009
Cuando la monoestrellada abrazó el tope del asta aquel histórico 25 de julio de 1952, un grito de alegría boricua se escuchó en la Villa Olímpica de Helsinki, Finlandia. Contrario a otras instancias internacionales, en el deporte olímpico la inauguración del Estado Libre Asociado tuvo consecuencia perceptible. El Comité Olímpico Internacional, inmediatamente dio paso a la sustitución en la plaza de las banderas de aquel pendón provisional que hasta entonces había escoltado a nuestros atletas en los actos inaugurales, por nuestra monoestrellada --- símbolo de la nacionalidad puertorriqueña y sudario a través del cual nuestro pueblo ve hoy reflejado ante si mismo la imagen de su propio espíritu --- en las palabras aleccionadoras de ese grande de Puerto Rico que fue don Luis Muñoz Marín, cuyo natalicio conmemoramos hoy en este rincón especial de Trujillo Alto.
No era raro por lo tanto, que en algún momento se invitara a este foro al Presidente del Comité Olímpico de Puerto Rico. De la misma manera que aprendimos con Muñoz que “la lengua es la respiración del espíritu” de esa misma forma el olimpismo es sustento vital de nuestra cultura. Por eso no sorprende que la extensión del legado Muñocista haya sido tan amplia que toca inclusive de forma preponderante a nuestro movimiento olímpico. Tengo que admitir sin embargo, que fui sorprendido por la convocatoria, sobretodo por su carácter genérico. Aún no sé si me invitaron por olímpico, servidor público o por joven. No lo sé. Tampoco creo que sea necesario. Si hay un motivo que justifica la generalidad en la convocatoria es cuando celebramos a Muñoz. Fue esa precisamente una de sus grandes virtudes. El convocarnos a todos, por encima de todo, a crear un mejor Puerto Rico.
De los investidos con el privilegio de la palabra en esta tribuna, soy el primero obligado a la absoluta referencia. Mi realidad cronológica no me permite otra alternativa. Tenía sólo 3 años cuando Muñoz se despidió de nuestro pueblo. Al igual que todos los miembros de mi generación conocí a Muñoz en los libros, ensayos y poesías. En los labios de mis padres, cuando la nostalgia se hacia palabra. En los relatos y leyendas contadas por compueblanos que vivieron su obra y escucharon su voz. En las banderas, altoparlantes y discursos. Algunos más precisos que otros, pero todos impregnados de pasión y romanticismo. Nadie puede cuestionar que la referencia es incapaz de sustituir lo vivido. Cualquiera que haya estrechado su mano, compartido su espacio y vivido su tiempo, tiene el derecho a reclamar como suya la tribuna que hoy se le presta a mi generación. Sin embargo, conocer al prócer no puede ser un requisito para comentarlo. Si así fuera, su legado no sobreviviría los embates del tiempo. Quedaría extinto. Su legítima y suprema aspiración de trascender generación se truncaría. Por eso la importancia de dar paso a la referencia. De permitirnos usar la tribuna. No tengan la menor duda que velaremos por su buen uso y sabremos honrar la investidura.
Cuando las cosas se ponen difíciles es normal escuchar entre susurros a más de un buen puertorriqueño exclamando: “!Si Muñoz viviera!”. Recurren al buen recuerdo como paliativo a sus desesperanzas. El prócer vivió y murió cuando le tocaba. Pago su deuda con la vida y dejó propina. Para mantener vigente a Muñoz, el conocer y entender bien su legado es más importante que añorar su presencia. No se trata de memorizar su obra para utilizarla como mallete y golpear por la cabeza a quienes piensan diferente. Ni de congelarla en el tiempo, para cuidar su pureza. No se trata de mencionar su nombre oportunamente para levantar pasiones y generar aplausos.
La vigencia se logra solo si encarnamos su legado. Si nos atrevemos a vivirlo. El País no necesita gente que haga lo que hizo Muñoz en los 40, necesita gente que piense como pensó Muñoz para hacer lo que el haría si viviera en nuestros tiempos. No es mirar el lienzo del maestro Rodón y concluir que el prócer estaba triste, de eso se encargó el artista. Es reconocer lo que nos toca recorrer para que su semblante fuera otro si se volviera a pintar en nuestro siglo. Para lograrlo hay que cambiar la forma de celebrar a Muñoz.
Es fundamental dedicarle más tiempo a la manera de pensar que le guió a sus conquistas que a las conquistas mismas. Enfatizar más en el Cómo y no tanto en el Qué.
La conquista más importante del ícono de la industria automotriz estadounidense, Henry Ford, fue su modelo Ford T. Un automóvil sencillo, accesible en costo a las masas, que revolucionó la industria a principios del Siglo XX. EL modelo T cumplió su propósito en el tiempo que fue creado. Aunque se sigue celebrando y recordando como emblema de cambio, la sucesión de Ford comprendió que lo verdaderamente importante era el proceso que guió su creación y no el modelo en si mismo. Por eso la forma de pensar Fordiana y su sistema de ensamblaje siguen vigentes. No murió con el Ford T, por el contrario, ha evolucionado y trascendido el mundo automovilístico. Ese debe ser nuestro enfoque. Si nuestra encomienda generacional es mantener vigente a Muñoz, el camino correcto no es simplemente glorificar el Qué, sino esforzarnos para entender y atender el Cómo.
El pensamiento de Muñoz, pudiera parecer complejo y abstracto al contrastarlo con su obra. Tenemos por lo tanto, que hacer un esfuerzo por decodificarlo para convertirlo en un instrumento de fácil uso. Se me ocurre plantear una ecuación. La misma postularía que para lograr el bienestar del pueblo hay que impulsar ideas creativas enfocadas en las necesidades de la gente mediante mecanismos de consenso. Repito, ideas creativas enfocadas en las necesidades de la gente e implantadas mediante mecanismos de consenso, es equivalente al bienestar del pueblo (IC(NG)+MC=BP). Similar a cualquier operación matemática si de manera disciplinada y rígida se cumpliera con el orden de los procesos, el resultado siempre debería ser el mismo; el bienestar de nuestro pueblo. La mayoría de las ecuaciones surgen de la observación de situaciones ordinarias y sencillas. La de Muñoz no es la excepción. Al igual que Isaac Newton se inquietó con la caída natural de los objetos para crear la ecuación que describió la fuerza de gravedad, Muñoz se inquietó con el dolor desgarrador dibujado en el rostro de la gente. Es precisamente de ahí y confrontado con tan angustiosa realidad que el vástago de Muñoz Rivera crea su propia ecuación autóctona y eminentemente puertorriqueña.
Le quitó el control de su vida a las doctrinas para entregárselo a su instinto humano. Evitó el galope desenfrenado de sus pasiones agarrando las bridas con fuerza y encausándolas hacia propósitos nobles y concretos. Hacia las necesidades de la gente de carne y hueso.
A eso se refería cuando en versos ahogaba sus sueños para saciar los que dormían en sus venas. Cuando describía como enredo de espíritu el profesar amar la patria y despreciar el pueblo. Cuando agitaba las masas recordándole que la fuerza no estaba en él, sino en el corazón de cada uno de ellos. Como toda ecuación, la de Muñoz se compone de variables y constantes. Las ideas y los mecanismos de consenso deben variar con las circunstancias. El enfoque en la gente debe ser inamovible. Cual columna vertebral se mantiene fijo, dándole sentido al proceso.
Tengo que recalcar y enfatizar en esto último. Lo único constante en su ecuación era la gente. Todo lo otro era variable. Si lo creativo ya no es tan creativo y el instrumento de consenso perdió magnetismo y capacidad aglutinadora, para eso están las variables, para variar. A pesar de lo revolucionario que fue el modelo Ford T en su época, a nadie se le ocurriría presentarlo en el siglo 21 como alternativa creadora. Querer alterar el orden de la ecuación le hace un daño terrible al legado Muñocista. Poner como constante lo variable y viceversa, confunde y empantana el entendimiento. Las fórmulas de estatus, los partidos políticos y programas de gobierno serán siempre variables en función de la gente. Cambiar, transformarse, es su naturaleza. De esa forma es que sobreviven. No puede ser el país para esas variables, tiene que ser, por obligación moral, las variables para el país --- variables que se ajusten a la coyuntura histórica que nos ha tocado vivir a los puertorriqueños en este difícil, complejo e intenso primer tercio de siglo 21.
Cuanto alteraría el sentido de las palabras de Muñoz cuando recomendó nuevos caminos hacia viejos objetivos, si se invirtiera, por viejos caminos hacia nuevos objetivos. Perdería todo el sentido. La ecuación es sencilla pero rígida en su aplicación. No permite acomodos. Lo constante es constante y lo variable, variable, punto.
No es sin embargo, una doctrina sectaria. Es una forma de pensar y actuar donde cabemos todos los puertorriqueños. Aplicable a nuestra vida ciudadana individual y colectiva. Ser Muñocista es aplicar la ecuación, no es militar en un partido político.
No se puede abrazar ninguna doctrina o causa política como se abrazan los colores de una franquicia deportiva con el único fin de vitorearlo. El fanatismo que sirve de motor a la industria deportiva, es veneno letal para la democracia. Imposibilita la unidad y diezma la capacidad de nuestro pueblo para adelantar la causa suprema de su bienestar.
“Una persona que no puede cambiar su mente y no quiere cambiar el tema”. Así Winston Churchill definió al fanático. Nunca olvido el momento en que validé su postulado. De forma agresiva me recibió en la cancha bajo techo de Caguas, un fanático enojado por la presencia de una gotera. El juego se había detenido y su equipo estaba abajo en la puntuación. “Esto va de mal en peor. El voleibol no mejora”, me increpó airado. Su coraje de fanático le hacia olvidar que el voleibol atravesaba por el mejor momento de su historia. Tenía razón sobre lo indeseable de la gotera. La perdía sin embargo, cuando se negaba a reconocer lo obvio. Era una pasión intensa, fanática, mal encausada. A los pocos minutos la gotera paró, pero no su discurso fatalista. El juego continuó y fue disfrutado por miles de espectadores presentes, excepto por el fanático de la gotera, quien se mantuvo todo el juego mirando hacia el techo, como si extrañara la presencia de su húmeda compañera. Esto no es exclusivo del deporte, nos pasa también en la vida. Nos hemos obsesionado con buscar goteras. Se nos va la vida en ese proceso.
Si algo necesitamos hacer en nuestra patria con carácter de urgencia es cambiar el tema. “Es hora de que hablemos menos de política política y más de la política creativa que es necesaria desarrollar con entera energía y entera conciencia para estabilizar la vida económica del País y garantizar la Justicia Social”, así lo sugirió Muñoz en 1932 y me parece pertinente sugerirlo nuevamente en el comienzo de este siglo.
Cambiar el tema no es tarea fácil, pero es impostergable. Tampoco impulsar políticas e ideas creadoras, pero urge. Requiere valentía. Para crear hay que arriesgar. El miedo a la derrota paraliza, anquilosa, imposibilita. No temerle al fracaso es una cualidad sin la cual lograr el éxito es imposible. Sin la cual físicos como Galileo, Newton y Einstein, no hubieran podido explicar las rarezas universales. Sin la cual, Luis Muñoz Rivera no hubiera emprendido la ruta que permitió el nacimiento de la Carta Autonómica. Es una cualidad sin la cual Luis Muñoz Marín, a quien acusaban de “joven ensoberbecido”, no hubiera logrado implantar nuevas formas de organización política. Sin la cual, Luis A. Ferre no hubiera decidido participar en aquel histórico plebiscito de 1967 que dio origen a un nuevo partido que un año más tarde ganó las elecciones. No temerle al fracaso, es una cualidad sin la cual nuestra generación no podrá crear las nuevas formas y modelos necesarios para echar el país hacia adelante y atender los retos actuales.
Tendremos la oportunidad de demostrar si contamos con el coraje generacional necesario para asumir tamaña responsabilidad. Para responder al llamado de Luis Muñoz Rivera cuando reclamaba “voluntades enérgicas que desprecien toda convencional imposición de costumbre”. Voluntades enérgicas que rechacen la idea de permanecer pasivos, siervos de trayectorias, tal como los planetas gravitan inexorablemente alrededor de sus órbitas. Que entiendan el retrovisor como valiosa referencia no como brújula infalible de su rumbo.
Voluntades enérgicas que no releguen a discusiones de tinto y manchego lo que les toca atender de frente y de cara al sol. Reclamar la juventud como virtud cronológica sin atrevernos a utilizarla como energía vital de cambio, es una contradicción. Y es la juventud la que en el análisis final tiene la responsabilidad histórica de trazar la ruta de nuestras futuras conquistas. No se equivocó Robert Kennedy cuando dijo que “el mundo requiere de las cualidades de la juventud... un temperamento de voluntad, una cualidad de la imaginación, una preponderancia de valentía sobre timidez, del apetito de aventura sobre el amor a la quietud. Es un mundo revolucionario el que vivimos, y son los jóvenes los llamados a asumir el liderato.”
Se necesita con urgencia voluntades enérgicas que se atrevan a pensar diferente. Que no citen al prócer por citarlo. Quien siempre habla citando jamás será citado. Este podría ser el trágico destino de nuestra historia generacional si no rompemos el miedo a pensar diferente. No encontrarán nuestros predecesores una frase original, diferente, que sirva de referencia para describir nuestros tiempos. Si nos atrevemos a crear, manteniendo el enfoque en nuestra gente, estaremos acercándonos a la forma de pensar Muñocista. A su ecuación. Faltaría entonces lograr consenso. Una palabra abundante en retórica pero escasa en aplicación. Nuestra incapacidad para llegar a entendidos es el obstáculo principal en nuestra ruta hacia el bienestar colectivo. Comentaba Muñoz al respecto, “¿Qué pensaríamos de una consulta de médicos ante un moribundo en la cual unos médicos fueran representantes de los intereses del hígado, otros secuaces de los pulmones, otros deudores del estomago y otros demagogos del corazón? El representante del hígado se opondría a que se tocase ese órgano por grave que fuera su cirrosis; el representante de los pulmones se negaría a que se tocasen estos por evidentes que fuesen sus síntomas patológicos; el demagogo del corazón negaría con indignación electoral, que hubiese la más leve lesión en tan noble órgano. El resultado de la consulta sería: una receta de bicarbonato, que no ofendiera ni al hígado, ni al estomago, ni al corazón. Y después de eso, ¡los funerales del paciente!”.
Un país como el nuestro, prácticamente homogéneo en pensamiento social; donde no existen diferencias abismales entre conservadores y liberales; donde en asuntos sociales un estadista puede parecerse más a un independentista, que a su homologo ideológico, debería ser capaz de acordar una agenda concreta de país. Lamentablemente los instrumentos utilizados no han permitido que afloren esas coincidencias. Los programas de gobierno partidistas han fracasado una y otra vez. Han sido incapaces de lograr una agenda sostenida de progreso. La hegemonía monopartidista de mediados del siglo 20 desapareció y con ella la capacidad aglutinadora de los programas partidistas.
Exploremos otros mecanismos para intentar adelantar reformas en el área de salud, educación, creación de empleos entre otros temas sociales. Lleguemos a entendidos en lo que sea posible, que el pueblo lo refrende y lo convierta en agenda de futuro. Luego los partidos le darán sus matices y recomendarán mecanismos de implantación. Pero los lineamientos básicos de nuestro proyecto social deben atemperarse al siglo 21 mediante análisis profundos multisectoriales y con el consenso final del pueblo. Tenemos que buscar alternativas, modelos diferentes. Repetir lo mismo es resignarnos como pueblo a esperar lo mismo.
Un periodo iluminado en nuestra historia como pueblo fue cuando nos unimos a soñar con la sede de las Olimpiadas del 2004. “¡Serán ustedes nuestros representantes en los Juegos Olímpicos del 2004!”, repetían una y otra vez los líderes políticos y deportivos al dirigirse a los jóvenes de aquella época. Para quienes escuchábamos entusiasmados, poco importaba la viabilidad de la candidatura Pro Sede. La mera posibilidad nos impulsaba a dar el máximo en nuestros entrenamientos. El país completo vestía con orgullo el emblema Pro Sede y la consigna nos daba sentido de unidad como pueblo. Nuestras mejores mentes se hicieron disponibles realizando un esfuerzo olímpico para presentarle al mundo una propuesta viable. Cruceros en nuestras costas para compensar la falta de cuartos de hotel, carreteras elevadas para atender el problema de transito, la imaginación no tenia limites. El veredicto de los jueces olímpicos fue contundente en contra de nuestra postulación y con él terminó nuestro sueño. Gran error. Aquel hubiese sido un buen punto de partida para comenzar a planificar nuestro país de cara a su futura transformación. Lograr la sede no podía ser lo más importante. Era solo un motivo, el mejor de todos. El mecanismo seleccionado para lograr unidad de propósitos y así adelantar la causa de nuestro bienestar. Esa aspiración debe ser perpetua, no la de lograr la sede, sino la de mejorar el país mediante el mecanismo que más convenga. Hoy el deporte se presenta nuevamente como hebra hilvanadora de nuestras aspiraciones. Miramos hacia el oeste con ilusión, convencidos de que la luz del pebetero alumbrará en el 2010 ese lado bueno de nuestra patria. Ese que alcanza su máxima expresión cuando nos estrechamos las manos y olvidamos las pequeñas diferencias que nos alejan de nuestros grandes sueños como pueblo. Ese es el llamado que nuestro olimpismo hace a la humanidad. De forma elocuente su colorido emblema de cinco aros entrelazados nos recuerda que se puede solidario sin dejar de ser diferentes.
Para mejorar al país las buenas intenciones no son suficientes. Tenemos que participar. De nada nos vale tener clara la ecuación si no estamos dispuestos a vivirla. Debemos atender el país que tenemos, para lograr el que queremos. Poner de excusa la inclinación de la pendiente para subirla sería irresponsable. Estaríamos convirtiéndonos en cómplices silentes del deterioro social del País. La aportación ciudadana de la gente buena no puede terminar con el ejercicio del voto. Tampoco limitarse a una llamada quejosa a la radio. La gente buena, es verdaderamente buena cuando su bondad impacta a los muchos, no solo a los pocos. No se trata de participar en la política activa. Hay muchos otros frentes de lucha, tan o más importantes. En la universidad, el deporte, las empresas, en el hogar. La participación consecuente de la gente buena en los asuntos del País, es capaz de generar fuerza transformadora permanente. Fuerza que se libera y alcanza su máxima expresión cuando actuamos unidos como un solo pueblo y hablamos con una sola voz.
Nuestra gente es fecunda en ideas. Creadora, valiente y emprendedora, cuando se emplea a nivel individual. Nuestra música y talento recorren el mundo. Nuestro ingenio llega hasta el espacio. No existe actividad humana en la que no se destaque algún hijo de esta tierra. Todo esto lo logra nuestra gente, como gente. El reto radica en lograrlo como pueblo. Como actúan los árboles en este santuario verde al refrescar, dar reposo y enfrentar tempestades como un solo bosque, El Bosque de Doña Inés.
Apliquemos el Cómo de Muñoz, la ecuación propuesta, a nuestra vida colectiva. La gesta transformadora de la era Muñocista ejemplificó lo que es capaz de hacer nuestro pueblo cuando se une. Más importante que lo que se creó, fue como se logró. Una generación visionaria actuando con valentía, desprendimiento y compromiso patriótico dejó de funcionar como gente para ser pueblo. Volvamos a ser pueblo. Simplemente, es lo que reclaman los tiempos.
Muchas gracias.
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