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Inés Mendoza por Inés Mendoza
Nací en el pueblo de Naguabo. Me crié en los campos de Río Blanco junto a un padre ganadero, agricultor, que respetaba a los seres humanos y creía en Dios y en la igualdad de los hombres. Se llamaba Juan Mendoza. Mi madre se llama Jesusa Rivera. Es una santa, religiosa, toda corazón como son la mayoría de las mujeres puertorriqueñas. Me crié en una familia de muchos hijos y primos.
He ido siempre a la escuela pública de mi país. Aprendí yendo a la escuela pública a crecer y a vivir y a compartir con todos los demás estudiantes por igual. Creo que le debo a esta escuela pública, abierta a todos los niños, más que a ninguna otra influencia en mi vida, mi capacidad para entender y querer a la gente.
Me hice maestra rural para ayudar a mi madre a sostener a mi familia, ya que mi padre murió cuando yo tenía ocho años y mi madre perdió los bienes que tenía. Luego me hice maestra graduada. Fui maestra elemental, principal de escuelas, maestra de escuela secundaria, enseñé en la Universidad en la Escuela Normal. Por diez años fui muy feliz enseñando en los salones de clase. El tiempo volaba para mí cuando yo era maestra. Nada me ha gustado más en el mundo que enseñar.
Me he casado dos veces. Tengo cuatro hijos. Acompañé a mi marido en las campañas que terminaron en su triunfo en el año 40. Lo acompaño como esposa y la madre de sus hijos. He atendido las casas que hemos vivido, desde casas muy pobres de quince dólares al mes hasta la mayor mansión de Puerto Rico, La Fortaleza, tratando de que mi marido pueda trabajar bien, tener ideales sin que yo los obstaculice y dedicarse a vivir enteramente por las causas nobles de la libertad, de respeto mutuo que es la libertad fundamental, de la igualdad del hombre, de la mayor justicia en su ingreso, en sus oportunidades de estudio, en su producción, en su seguridad. Mi misión al lado de él ha sido siempre que él pueda vivir y trabajar con alegría y paz, con ilusión y serenidad.
No he hecho nada que valga la pena por mí sola. Tal vez lo único de valor que he hecho fue afirmar cuando era maestra una cosa bien sabida que no era nada nuevo: que se aprende mejor en el idioma vernáculo. Porque afirmé y defendí esto el comisionado Gallardo me separó de la escuela pública. Él insistía en que todas las materias debían enseñarse en inglés: geografía, aritmética, ciencias. Esto fue una turbación muy grande que por razones históricas cayó sobre nosotros, en Puerto Rico, por casi cuarenta años, pero al fin quedó resuelta cuando todos los maestros y gobernantes volvieron a darse cuenta de que era muy malo obstaculizar el aprendizaje de los niños obligándolos a aprender a través de la lengua mal hablada de un maestro que no dominaba el inglés y de un discípulo que no podía expresarse bien en esa lengua, para que por entre esta doble cortina penetrara el conocimiento de la matemática, de la ciencia, de la historia y del arte. Por lo demás, he tratado de seguir lo que me enseñó mi madre y lo que me enseñó mi padre:
A respetar a todos los hombres y a amar a la naturaleza.
Estoy orgullosa de mi padre, sencillo, jíbaro, noble; de mis hijos, que no conocen orgullo ni vanidad a pesar de que el destino los ha llevado junto conmigo a posiciones altas y que tienen la misma naturalidad y sencillez y bondad de alma que tú y los demás niños de mi país; y estoy orgullosa del trabajo que hace el hombre a quien acompaño y a quien me ha tocado la dulce misión de amar y servir.

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