Comentarios de Inés Muñoz Marín, recién nombrada fiduciaria del Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico

21 de septiembre de 1973

Las constituciones democráticas tienen como cosa sagrada los derechos del hombre:  su persona, su hogar, su expresión.  Pero se nos quedó fuera su derecho al ambiente dentro del que vive, a su residencia mayor.  Sabíamos que el hombre es frágil y perecedero. No nos dábamos mucha cuenta de que todo lo que le rodea también lo es.  El se va extinguiendo lentamente según se le va gastando su mundo, su única posible habitación.

Ya estamos avisados.  No somos nosotros solos los que morimos.  Se nos mueren los mares y las aguas, los aires con sus brisas y la tierra con su gran entraña llena de vida y hermosura.  Las islas mueren primero.  Estamos de esto avisadas las mujeres a quienes tanto nos importa porque damos vida y cuidamos vida y la protegemos y la amamos en los hijos.  Somos sus guardadores.

El trabajo de conservar se está atrasando mucho, se nos está haciendo tarde para los santuarios:  guardar la vida en los jardines botánicos, en el aire puro, en las playas limpias, abiertas, con arenas sueltas, por las cumbres cubiertas guardando retenidas las aguas por raíces hondas, en los manantiales limpios.  El primer santuario será el corazón del niño el que se le abran los sentidos a la maravilla de la naturaleza.  Si logramos hacerlo en hogares y escuelas, en periódicos, televisión, cine y sobre todo en ejemplos vivos en la acción de nuestros líderes y maestros podríamos aun salvarnos.  No hay sabios en ecología ni técnicos en ciencias ni gobiernos tan poderosos que salven, así de un golpe, del mortal desdén a la tierra de la isla del que la mira y no la ve, del machete loco, de la aplanadora de montes y colinas, del aire podrido, de cemento y asfalto que matan al suelo vivo, de mares ahogados en aceite.  Y todo lo que es cuidar, amar y entender le toca a madres, padres, maestros, líderes.  No es mucho y es tanto.

Mis maestros fueron diversos:  el escritor naturalista William  Henry Hudson; el intrépido amante de bosques y ríos que es el Juez William Douglas; el denodado defensor de los pájaros Roger Baldwin;  Gabriela Mistral pisando los hondos suelos de nuestros cafetales; un asmático maestro de botánica que nos llenaba los ojos de maravillas en un viejo microscopio; la palabra leve de Colette sobre el musgo y el cactus; la manofuerte y tosca de mi padre, tan tierna sobre todo lo que crecía en su vega del Río Blanco; la mirada inolvidable de Luis Muñoz Marín sobre los horizontes de su tierra escasa cargada de gente.
Agradezco que hayan pensado en mí para tratar de conservar a Puerto Rico.

regresar a índice de artículos

 

Parque Doña Inés Divider
Fundación Luis Muñoz Marín