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A mis compueblanos
Inés María Mendoza
Diario La Prensa de Nueva York , 13 de febrero de 1955
Ustedes dicen que a mi no me gusta venir a mi pueblito. Tienen razón. Pero no es la razón del olvido. Es la razón del recuerdo tan claro y tan desvanecido, tan breve en el tiempo que pasó y tan prolongado en la nostalgia. No es porque no quiera todo esto, es porque lo quise demasiado.
Había aquí unos gustos que perdió el paladar (los gustos irrenovables de las frutas que se saborean de niño) y se me quedaron por aquí perdidos los retozos infantiles, con unas penas que dejaron de llorarse. Aquí el habla primera brotó de lo que crecía conmigo, y me soltaron la lengua, los sentidos rebosantes. Tiene sus registros aquí una caja de sonidos que guardo no sé en que ondas, no falta uno, desde el repique pavoroso de las campanas que llamaba a apagar el fuego a medianoche hasta los pasos en mi ilusión de las cabalgaduras de los Magos. Es por este espacio y en un tiempo ido por donde pasan a diario mis estampas voladoras: el cuadro de mis padres jóvenes que se amaban, mis hermanos todos vivos, un campo que parecía inmenso, un pequeño jardín de ítamo real y cecilianas. Aquí me prendió una luz en la cabeza la Nena Roca cuando la oí contar el Pay Perico, el curo libertador que le compraba niños esclavos a los amos para bautizarlos libres. Sentí aquí la fuerza del amor en el dulce lazo de ternura con el que domaba mi madre el brío suelto de locas imaginerías y atrevidos candores de sus niños. Los sentidos, el entendimiento, el corazón me los abrieron aquí.
Entre la algarabía de músicas y cohetes me he atrevido hoy a volver, contenta “de ser de aquí”, de que mi sangre va corriendo por los Dávila, los Correa, los Rivera, los Villafañe. Es el mismo sentir de los que hoy han vuelto conmigo a mirar las viejas casas y calle, la plaza y la escuela, los campos y la playa, del que nos fue creciendo el sentido mayor del patriotismo que no es sino querer estas tierras como sólo se puede querer, con el alma, y querer la gente que comparte en tan breve isla y por tan breve plazo una vida creadora y esperanzada, juntos. Es un sentimiento entrañable como el de querer a la madre y a los hijos.
Y hay otra razón por qué no me gustaba venir: porque tengo poco que traerles y casi todo ese poco es cariño. No las tengo que contar, porque ustedes lo saben, que después que salí del pueblo me encontré con un poeta, Luis Muñoz, que va con una carga grande sobre los hombros. Tiene el paso ligero, larga la mirada, puesta en el horizonte como para alcanzarlo pronto y mano firme para sujetar la carga que sostiene. Yo me fatigo de ir tan ligero, no me sobra tiempo para hacer lo mío o lo que me parece que es lo mío. Lleva él la carga de los que aún no tienen tierra, ni luz, ni agua, ni libro, ni habla clara, ni trabajo seguro, ni entendimiento (esta es su carga más fuerte), de lo frágil que es el ensueño de paz de libertad y justicia de su pueblo y de cómo no puede romperse en mil pedazos porque no es el ensueño de uno solo, que poco se perdería, sino el de todos y que hay que ponerlo, este ensueño de nuestro pueblo, “en la ventana alta “ como dice la Biblia de la luz del celemín desde adonde a todos alumbre y donde no lo alcancen la ambición, la codicia o la soberbia. No tengo nada que traerles porque lo que hace Luis Muñoz no es mío ni para mi sino de todos y lo alcanzan todos con él, sólo por propia voluntad y esfuerzo.
Ahora que les he dicho porque no venía, les voy a decir porque vengo hoy. Porque me di cuenta por la lista de los muchos que somos los ausentes, hasta de Nueva York me han escrito los Abadía que les traiga sus recuerdos. Tanta gente no puede estar tan ausente. Y se me ocurrió que lo que pasa en Naguabo pasa en todos los pueblos, que la ausencia es a veces cómoda porque ojos que no ven corazón que no siente; que de tanto ausentarse se van como ausentando hasta los presentes y se va perdiendo acá la fuerza que sólo la gente la lleva por dentro y que es la que hace, junta, el bien de los pueblos. Para que pasen cosas grandes y buenas en todo Puerto Rico tienen que pasar cosas grandes y buenas en sus pedazos – en los campos y pueblos.
Hicimos bien en venir a verle la cara a nuestro pueblito. De mirarle el semblante a la tierra por aquí sabremos como está, qué produce, cuánto rinde lo que en trabajo y sudores le pone el hombre, cómo lo pasan los campesinos. Los ausentes y los presentes debiéramos sabernos el mapa de las tierras de Naguabo para preocuparnos por las baldías y las mal cosechadas; para ver si son todavía por aquí los frutos menores tan menores que van dejando de sembrarse porque no le hemos hecho un mercado seguro olvidándonos de que con este descuido dejamos vacía la mejor y más cercana alacena familiar.
De mirarle la cara a nuestros compueblanos veremos si sus manos están desempleadas sin querer, nos preocuparemos por lo que tardan en levantarse industrias nuevas. No es tan fácil traer el capital de americanos, españoles o suizos a Naguabo. Tal vez sería más seguro aunque más lento, ir aprendiendo a reunir el pequeño capital de muchos de los de aquí en cooperativas industriales laboriosas que pusieran a producir tierras y manos.
De mirarle la cara a los niños les descubriremos nuevas vocaciones para la gran variedad de sus habilidades y talentos: para la mecánica y la ciencia, la agricultura y la pesca, las artes y la industria con las que puedan ingeniarse maneras de una vida mejor con producción y trabajo abundante. Que no se críen los niños aquí para ausentarse sino para traerles su ingeniosidad, su destreza, su afán de hacer cosas perfectas – lo bien hecho rinde tanto, lo chapuceado siempre sobra.
De mirarle la cara a las escuelas y a las iglesias nos daremos cuenta de que hay que educar además de en lo grande del alma y del ser, en lo cotidiano y menudo como que no se pierden las maneras de cortesía y bondad, la conversación amigable, el recreo sencillo entre vecinos. Hay que enseñar a no dejarse empobrecer más de la cuenta con la pérdida de las buenas costumbres heredadas y del buen sentido común para defender lo poco que se tiene de ingreso en el hogar.
Hay que verle la cara al hospital, al comedor escolar, al parque de recreo, a los centros de salud, para ofrecerles la ayuda voluntaria que tanto necesitan para que estén más limpios, y ayudar a que sean más esmerados los cuidos para que nadie se deje en ellos en abandono y soledad. No hay dinero del Gobierno que sea suficiente para lograr lo que sólo los servicios voluntarios de projimidad y cariño de los compueblanos puede proveer cotidianamente.
De ver y oír a nuestros muchos músicos nos daremos cuenta de que hay que hacerles el patronato a las pequeñas orquestas de barrios y pueblos, a cantaores, a los coros y las danzas – a todas las artes y artesanías que descargan de pesadez el vivir y lo levantan con las alas de la belleza.
¿Será todo esto demasiado para nosotros intentarlo? Entonces, ¿para qué nos reunimos y volvemos aquí si no es para hacer algo de todo esto que queda por hacer en este pueblo como en todos los pueblos de Puerto Rico?
Gracias por las maneras cariñosas de su hospitalidad por el recibo regocijado tan sinceramente alegre, por llevarnos al campo a comer, por traernos músicas y flores, por querernos ver y oír. Los ausentes tenemos ahora que honrar, correspondiéndolas, estas bondades.
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