Cómo se sirve al pueblo de Puerto Rico

Inés María Mendoza
El Mundo, 16 de febrero de 1954

Ante una reunión en la Alcaldía de San Juan:

Ser empleados públicos, amigos, no es ser poca cosa.  Los empleados públicos son el organismo, el cuerpo humano, de un gobierno.  Según de sano, de vigoroso, de eficiente y de noble sea ese cuerpo así podrá engrandecer al pueblo o quien le sirve.

Yo fui una empleada pública en mis tiempos de maestra y todavía me considero como servidora del pueblo de Puerto Rico. Vivo una casa del pueblo de Puerto Rico que es mi casa solamente en la proporción que es la casa de cada uno de ustedes.  Tengo el gusto de cuidarla y de poder recibir en ella sin prejuicios.  Cuando las horas se alargan, y la fatiga empieza a entrometerse en los reinos de la cortesía y de la gracia, me acuerdo, para fortalecerme, de dos que hoy me voy a honrar en elogiarles a ustedes y que murieron sirviendo a nuestro pueblo hasta que se les acabó el corazón… gentiles caballeros que trabajaban como sin esfuerzo, con gallardía y finura, grandes señores, el Pueblo de Puerto Rico: don Manolo Pérez y don Antonio Lucchetti.

Para conversar con ustedes los empleados públicos, permítanme pasar por las cuentas del rosario del recuerdo a estos dos hombres ejemplares.  Le sirvieron bien a su país porque tenían ese conocimiento que tanto inspira al buen servidor que es el de saber cuánto vale aquél a quien se sirve.  Da un gusto trabajar para quien se admira, se respeta, se ama.  Don Manolo y don Antonio amaban, respetaban, admiraban a su pueblo. Lo demostraban en el gesto, en la palabra, en la acción.  El Pueblo de Puerto Rico no era un patrono cualquiera para ellos, era su gran señor.  Respetaban sus ideales y sus ensueños, le admiraban el denuedo con que lo vieron salir a la grande aventura lanza en ristre, contra gigantes y galeotes derrotando injusticia, miseria, ignorancia.  ¿Cuál fue el secreto de su eficiencia?  ¿Qué ilumina sus recuerdos que los hace estampas ejemplares?  ¿Cómo era cuando entraban por la mañana a sus oficinas?  ¿Cómo se comportaban ante la dificultad, ante el exceso de trabajo, en las largas horas de servicio, ante la incomprensión, frente a las pequeñeces que le merodeaban alrededor para asaltarle al servidor público?  ¿Qué ambiente se producía alrededor de sus mesas de trabajo?

Su gentileza

Lo primero que recuerdo de ambos es la gentileza.  Parecía como que trabajaban sin esfuerzo.  Les venían sus buenas maneras de un profundo aprecio por los seres humanos y por ser colectivo que hacen juntos en un pueblo. No se creían superiores porque mandaban, porque tenían muchos bajo sus órdenes.  Se sabían fuertes en su capacidad de llenar las horas, los días y los años, sin fatiga aparente, con el trabajo gustoso que no podía faltarles porque trabajar no era para ellos sino la natural manera de expresar el bien que deseaban para su país, su modo de sentirse vivos, de ser humanos y compañeros de los demás hombres.  El tiempo siempre les sobraba, no tenían prisa.  Los vi. amanecerse perplejos delante de mapas, planos, proyectos, presupuestos, leyes, buscando a veces la lámpara de Aladino; otras la idea, el toque mágico que hiciera brotar agua de la roca. En ocasiones derrumbaban becerros de oro para darle paso a la ley, a la justicia.  Le abrían camino con sus brazos al pueblo nuestro por entre el mar de sus dificultades. Su pueblo fue el bienamado de sus corazones.

No acumularon riquezas.  En la faena de servir no sacaron tiempo para guardar nada para ellos.  Había tanto que hacer por todos, siempre. No quedaba sitio en su corazón para la menor codicia, lo tenían tan lleno.  Pero le dejaron la honra a sus hijos que no se compra: la honra de poder recibir las miradas inocentes de los niños sobre sus nombres, sin ofenderlas, en las obras y monumentos de su patria, en las letras de los libros de la historia, en la estela de una noble tradición de honradez y devoción al servicio público que dejaron a su paso.  ¡Cuánto le vale esto a un pueblo –a sus niños, a su juventud!

Escuela del ejemplo

Amigos: el ejemplo es la mejor escuela y allí dondequiera que se trabaje por el pueblo de Puerto Rico haciendo el puente, en la corte de justicia, represando las aguas, abriendo riegos, recibiendo en la oficina, dando órdenes y obedeciéndolas –en cada uno de los miles de sitios en donde los empleados del pueblo de Puerto Rico llegan por la mañana y se pasan el día trabajando, hay una escuela abierta. Todo sitio de trabajo del Gobierno es una escuela para el que llega para el que entra, para el que sale, para el que pasa, en donde se enseña bien o mal, con el ejemplo. Este ejemplo está más que en ninguna otra cosa, en la actitud de ustedes hacia el trabajo, en el gusto de servirle con lealtad a nuestra gente.  Fluye este gusto sin ustedes casi notarlo en miradas, en gestos, en cortesías y maneras.  Se forma un ambiente entonces que se como un  clima amable en el que se trabaja bien, sin pesadez –le salen a uno unas alas que levantan el ánimo de la rutina…

Siéntanse orgullosos de servir a tan gran señor como el que servimos, al Pueblo de Puerto Rico, que no lo hay mejor por las esferas del planeta.

regresar a índice de artículos

Parque Doña Inés Divider
Fundación Luis Muñoz Marín