En la víspera de la tormenta
Inés María Mendoza
El Mundo, 4 de septiembre de 1953
Aquí debajo del cupey me enternece su inocencia de la muerte. Este cupey no sabe que están diciendo de boletín en boletín que tal vez va a morir. Está tan tranquilo como estaba ayer. Ha abierto sus flores tiernas de pétalos de seda blanca y rosa como platillos de porcelana finísima con el centro verde tierno, húmedo de néctar. Y está lleno el cupey de capullos rosa, duros, apretados, que se creen que van a abrir mañana.
Yo estoy en la hamaca debajo de él mirándolo y queriéndolo. Tampoco él lo sabe, pero se porta como si lo supiera. Le sopla una brisa leve por la copa y él juega con ella como un niño sin sospecha.
Los cedros y las tecas se tocan con la brisa de gancho a gancho – a las tecas la brisa las hace hablar con la voz gruesa de sus hojas anchas, a los cedros con el susurro de sus hojas finas y los bambús se le desmayan a la brisa como abanicos de encaje. El guamá la deja pasar por entre el varillaje de sus ramas duras y un yagrumo le vira sus hojas haciéndole su juego de maravilla, verde y oro.
Los guayabos están cargados de fruta madura y la brisa les levanta el aroma que les sube desde el suelo cundido. Más abajo, a la sombra de la pequeña rejoya se cuajan en dulzura y jugo las pepitas que le guardan los granos a mis palitos de café. En el alto de la loma donde está mi casa el almendro tiende al dulce viento sus tres pisos de ramas y hojas.
Y a mi preferido, mi dulcísimo amigo, mi árbol de lluvia de ramas tiernas se las dobla el aire como siempre le hace, y él se deja vencer de su caricia irresistible, le acuesta sus ganchos en la yerba cargándose de la ternura insostenible de que lo inunda la brisa.
Otra mañana
Yo he o ído los boletines ayer y hoy me acuerdo de otra mañana. Era la mañana del 30 de octubre del ’50 y eran las diez. Estábamos todavía aquí debajo de mi árbol de lluvia porque se nos enfermó y tuvimos que abrirle un costado para sacarle el mal que le comía su tronco hermoso. Hasta nuestros vecinos habían venido a decirnos lo triste que desde lejos se le veían las ramas amarillosas. Las niñas le descolgaron el trapecio, compadecidas. Se le puso ralo el follaje y casi no podía sostener ya nidos.
Los boletines de aquella mañana no eran de muerte para él. Pero nos detuvimos sin prisa a su lado largo rato, haciéndole con calma su cura como a un niño nuestro, doliéndonos su fibra desbaratada que había que cortar sin pena. ¡Qué bueno que no tuvimos prisa a pesar de los boletines de muerte! Estoy feliz hoy de la lealtad sin miedo que nos retuvo a su lado, como junto a un gran amigo, aquella mañana.
Le dejamos ya curado y vendado como un niño malito que no se sabe si nos va a durar. Nos fuimos andando despacio – ya el boletín decía que se acercaba a nosotros el peligro.
Un mes después volvimos, una tormenta había arrasado nuestra alma con turbonadas de turbación y pena. Cuando lo volvimos a ver de regreso al hogar nos saludó con los retoños nuevos, como un niño convaleciente que dice sonreído: “me he portado bien”. Los boletines de tormenta son para él hoy.
En Antigua
La canela ha echado unos renuevos rojos de hojas que parecen flores, el alcanfor está vestido de pies a cabeza como si fuera a salir de paseo por frente a las acacias que le murmuran de él a la brisa, sorprendidas.
Se para la brisa, hace un calor pesado, se nubla, empiezan a cantar tres coquís y a gritar un grillo que se ha metido en mi cuarto al notar el barrunto. Le cojo miedo a este boletín de coquís, nube y grillo, pero me distrae el brisote que sale de pronto por entre los montes. Vuelven mis árboles a su juego en su ignorancia de la muerte.
El último boletín dice que el ciclón curveó en Antigua. Miro a mis árboles en su retozo con el brisote y pienso en los de Antigua. ¿Cómo se sentirán cuando la brisa amiga se saque de adentro el monstruo insospechado y se les vuelva un viento loco de huracán?
Me da pena que le pase a los árboles de Antigua; pero siento una secreta alegría no muy buena, de que se me salvaron los míos. Estos vientos con esa fuerza no son para la tierra linda tan bien vestida y adornada, tan inocente e indefensa. Son vientos para mar limpio de botes y goletas, son vientos para pistas anchas de soledad donde el huracán puede enfrentarse con uno igual a él fuerte, valiente y que se queda entero después, como si tal cosa: con el mar.
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