Así eran las iglesias: recuerdos de Navidad

Inés María Mendoza
El Mundo, 12 de diciembre de 1952

Recuerdo en estos días de Navidad que el sitio preferido mío en la infancia por este tiempo del año era la iglesia de Naguabo.

El padre Rodríguez nos entregaba al Niño Jesús para llevarlo bajo palio rojo calle arriba y calle abajo en el día de Navidad, en el día de Año Nuevo y en el día de Reyes.  Todos los muchachos nos reuníamos a las tres de la tarde, cuando Dimas, el campanero, daba un repique.  Los que teníamos traje de pastores nos los poníamos y a caminar con el precioso Niño.  Un monaguillo y dos betas dirigían el protocolo: cómo se caminaba  con recogimiento, cómo se cantaba con unción, cómo no se comían dulces mientras se era pastor, cómo nos e desmandaba uno a correr cuando se vela a Hijolo el loco aparecerse o a Alejo, el único borracho del pueblo, salirnos al paso.

La verdad es que estos dos eran los más Impresionados por el palio rojo, el Niño en manos de la única rubia del pueblo, María Argüeso, y por la tropa inocente extasiada con sus “glorias” y sus “venid, venid a adorar”.

En las esquinas aparecían nuestros padres a vernos pasar y desde los balcones nos miraban con aquellas miradas inolvidables; doña Ambrosía Argüeso, doña Susa, doña María Dueño, doña Cristina Nogueras, las Celis, doña Sole, las Busó- las madres, asombradas de nuestra gran devoción.

A la cola iban el barquillero, el piragüero, los manpostiales, los muchachitos de doña Eusebia con caramelitos envueltos en papelillos de colores y con sabrosos palitos de Jacob.  Cada pastor sacaba un rato para ir a la cola y comprarse su chavo.  Y seguíamos con los hocicos llenos de dulce, de puerta en puerta el monaguillo agarrado al platillo lleno de pesetas y vellones.

Maravilla

Salían las familias de alrededor de la plaza a los balcones y esperaban a que llegara el palio rojo con su Niño debajo.  Cuando llegábamos a la puerta, soltábamos a cantar villancicos.  Ya estaba preparada la ofrenda y para depositarla bajaban del balcón las mujeres y le besaban los piescecitos al Niño.

María Clos, la más bonita del pueblo, se los limpiaba después de cada beso con el pañuelo calado de la Dolorosa.  Los hombres, descubiertos, nos miraban animados ellos también, conmovidos.

Y pasábamos de las casas con balcones a las casas sin balcones, pueblo abajo por la Calle Cortita, el Duque, Sal Si puedes.  Y allí era la maravilla del palio de seda roja con sus flecos dorados, allí era la sorpresa por nuestros trajes de pastores, por los báculos y las canastas con flores.  Allí si que nos celebraban y salían del bolsillo de la chambra los chavitos prietos y le daban al Niño besos resonados.
Pancha, la planchadora, Bárbara la que le hacía mandados a todo el pueblo; Juana, la lavandera… ¡que alegría les daba vernos aparecer y como nos requedábamos nosotros en aquellas casas sin muebles con banco, mesa, santos y guitarra den la pared – fascinados con el recibo que nos hacían para luego seguirnos detrás, hasta el regreso a la Iglesia donde nos esperaba el padre Rodríguez para llevarnos cantando al Altar Mayor y dirigir él aquel rosarito tan bueno y tan corto del Niño Jesús!

La preparación para esta romería habían sido las nueve misas de aguinaldo con el primer repique de Dimas a las cuatro y media.  El coro de muchachas grandes amenizaba con una Gloria que llenaba el templo de castañuelas, de incienso y de deseos de que el Niño Jesús se quedara para siempre en nuestros corazones.

La banda de Elifio tocaba en la plaza hasta casi las siete cuando íbamos a buscar el pan caliente.  Todo el pueblo iba a las misas de aguinaldo y a la del Gallo.  El gentío llegaba hasta la fuente del centro de la plaza.

Al culto

Un día de estos de Navidad vino Mayo Peña a decirnos que en ese culto protestante había un árbol puesto en el medio del piso, con luces de colores.  Mi mamá nos había prohibido pararnos frente al culto.  Nosotros nos parábamos a oír los himnos: en la iglesia nuestra sólo cantaban los del Coro.  Siempre nos invitaban a entrar y yo no me atrevía, pero miraba, miraba… y vi allí la primera Biblia y oí mi primer salmo, emocionada, desde la acera…

El padre Rodríguez no nos había dicho nada de los salmos y el Evangelio nos lo envolvía en un sermón.  Aquel Mayo Peña cazador, domador de potros, curador de perros y gatos, nos llevó a ver el primer árbol de Navidad de Naguabo: un árbol transfigurado con luces, estrella y angelitos, endulzado con golosinas que le colgaban de las ramas y al que le cantaban extasiados los niños protestantes.

Las iglesias eran el sitio de la Navidad con nacimientos y con árboles iluminados.  Dios era un amigo, niño como nosotros, y lo adorábamos.  El también nos quería y aprendimos a apretarle y arrullarle dentro del corazón inocente…su mejor morada.

regresar a índice de artículos

Parque Doña Inés Divider
Fundación Luis Muñoz Marín