Los niños, gente creciendo
Inés María Mendoza
El Mundo, 25 de septiembre de 1952
En este mes de septiembre, por cuarta vez en los caminos con Luis Muñoz Marín, he vuelto a ver a los hombres de la tierra. Pienso, contemplándolos, cómo serían de niños. Esos hombres buenos, le dicen la palabra acogedora al que llega y la palabra acompañadora al que se va. Tienen los ojos atentos al vuelo del pájaro y al cambio de la brisa. Tienen la atención fina y profunda para quien les habla. Es que no se les murió dentro el niño mientras crecían y se le ha quedado en los sentidos y en el alma.
¿Cómo hacer más hombres así? ¿Cómo haríamos para que no se les muriera dentro los niños sin crecerle a los hombres?
El Escutismo rodea al niño de dos cosas que sin ellas queda el hombre que crece como un gran cascarón vacío: los rodea de naturaleza y de buena compañía. Lo mejor del hombre se muere en un niño que no tiene estas dos cosas.
A eso que le llaman “delincuencia juvenil” y que es una enfermedad de desamor, se le hace frente con campamentos de niños sanos y alegres en montañas y mar. Estos campamentos de niños son semilleros de hombres buenos. Los hacen los Niños Escuchas si los ayudamos. Y caminan la Isla con sus tropas de muchachos, descubriéndola como Colones, viviéndosela en aventuras como Robinsones y Artagñanes: le duermen sus bosques, le huelen sus yerbas, sus flores y sus cosechas, le gozan sus ruidos al agua y al viento, le habitan las sombras de los árboles, aprende, en el marco natural de la compañía de otros niños, a ser hombres.
Por el poco dinero que le damos a los Niños Escuchas, ellos le dan a los niños estas cosas que no tienen precio. Atención a los niños, gran cuidado, son gente creciendo.
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