La mujer y Gabriela Mistral
Inés María Mendoza
Sin fecha
Ser mujer es hoy día complicada cosa. La feminidad se ha vuelto un don de hada madrina. Dentro de las sedas, de los cintajos y de los encajes, es raro encontrar una mujer. Es que hemos ido perdiendo esto de la feminidad verdadera, que es algo más que el sexo; que es el puro amor de la hombredad superior, el cariñazo maternal por la muchachez hincada de entusiasmos sanos, el apego a la tierra que es heredad de los hijos del amor del hombre.
La Mistral, es una revelación de feminidad. De ascendencia vasca, es mujer alta y recia que se mueve con pereza tropical. Su cabeza da sensación de solidez. Las cejas bolivarianas, los ojos aniñados por curioseadores y andariegos, parecen esperar sorpresas de los hombres y de las cosas que ellos acarician con ternura maternal. El rostro quieto, la boca amargada; pero si ríe es toda una buena mujer que se alegra . Hija de hogar sin padre ni hermanos varones, el hombre vino a ser para ella las fuerzas y las robusteces no logradas, cúmulo de superioridades que ella admira y ama. Pero la soledad se hizo desde entonces en torno de la niña chilena de la preciosa imaginación loca, que aún hoy se escapa de entre el viejerio que la suele rodear y se va a curiosear animales y castillos en las formas entretenedoras de las nubes. Todavía la muchachita chilena de entonces, gusta del cantar popular y sencillo que dice de los quereres, y goza al descalzarse para sentir el frescor de la tierra que se le sube al alma. Ya de mujer cantó amores que guarda hoy con el pudor de su vida emocional que no desnuda. Pero está claro “Amo Amor”.
La maestra en la Mistral es algo maravillosamente humano y sencillo, con sencillez maternal. De maestra joven esperaba que todos los niños vinieran rubios de Dios y tuvo que aprender a querer a los niños feos, a los encueraditos mejicanos requemados y de ojazos negros. Nada le deleita como peinar a un niño, bañarle o verle comer. De los maestros dice que han de ser algo más que meros agentes de información, que han de ser espoleadores de entusiasmos juveniles, inspiradores de sus alumnos. Su labor vendrá a ser algo así como la de las glándulas en el cuerpo humano; de excitadores- especie de glándulas endocrinas de la sociedad. Ella espera que ésto se realice con el avance del radio y del cinema que transmitirán la información exacta a los alumnos, información llena de la autoridad del investigador, del geógrafo, del lingüista que eliminarán al maestro Don Nadie.
Maestra rural sin remilgos ciudadanos, toleraba el novierio alborotoso que le llevaba los indios a la escuela en la reunión dominical, para ella enseñarles a sembrar la tierra y amarla. Hoy ya no podría ser maestra porque no gusta de ceñirse a los programas que el estado autoriza y fija, siguiendo políticas más o menos erradas. Acusa a la escuela nueva de ser laza y blanda y de haber ido a un extremo lamentable en su reacción a las viejas disciplinas estrictas.
De país grande que ella dice pequeño, nacida en cintita estrecha de valle andino, Gabriela Mistral le tiene un gran apego a la tierra. La tierra jamás ha de venderse porque es la heredad de los hijos. Teme al latifundio como a un monstruo y goza ante el espectáculo del reparto agrario en un campo mejicano.
Este amor de la tierra es de lo más santo en la Mistral. Y es que la tierra debe ser uno de los amores de la mujer; que ha de labrarla y sembrarla y hacer en ella su jardín. Trabajo de mujer como la labor del calado, es el injerto que combina flores y frutas. La tierra del trópico ha sido a sus ojos hechos a los largos crepúsculos montañeses, verdadero derroche de luz y de color. Caminando bajo las pomarrosas por las vereditas, nuestros cafetales, ha pensado que ya sus tierras europeas de la Provenza, le han de parecer desabridas. Envidia a aquellos hombres felices que pusieron nombre a tanta flor y a tanta yerbecita bella de la naturaleza nuestra. La tierra le tiene olores; olores a tierra recién llovida. Con su sentido poético ha charlado de los frutos de nuestro país deliciosamente: el azúcar en la fabrica le huele “a beso de boquita de niño que ha comido dulce”.
Parece mujer serena y es mujer inquita. Pasó quince años en el Budismo. La muerte la ha sumido en crisis difíciles. Ha vuelto a ser cristiana. De ella trasciende amor franciscano y su humildad es la del bendito de Asís. Habla a nuestras mujeres de la sencillez en el vestir, de la necesidad de disciplinarse para vertebrar la vida, de la penitencia- privación de las complacencias que son expresiones de la vida, del sacrificio que es la medida de la mujer. Tiene la hermosa caridad de oír, de oírlo todo.
Y Gabriela Mistral, toda feminidad, no es feminista. No gusta de politiquear. En su universalismo poco cuida de los problemas regionalistas, aunque nos presente a nosotros el ejemplo de Federico Mistral. Le interesa el individuo a la manera cristiana: lo espera todo de la regeneración moral. Gusta de la gente definida.
Su mensaje a la mujer puertorriqueña ha sido un mensaje de amor: por el amor del hombre el amor de los hijos, por el amor de los hijos el amor de la tierra: por el amor del hombre, de los hijos y de la tierra la creación de la patria.
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