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Una buena compañera
Inés María Mendoza
Mensaje en la Y.W.C.A. en San Juan
19 de abril de 1959.
No tengo ninguna fórmula para ser la buena compañera de un hombre, lo que sí tengo es un ingrediente para una posible fórmula que es muy antiguo: el amor. El amor es el ingrediente principal. Una mujer no puede hacer feliz a un hombre y ser su compañera si no le ama con todo el alma. Nada de definiciones complicadas, sino el viejo amor de una mujer para un hombre.
Teniéndole este amor a un hombre, una no es madre ni esposa ni ama de casa, sino una mujer completa, íntegra. Y una es la mujer que quiere ser y no cambiante, porque lo que más le gusta a los hombres es la paz. Una mujer cambiante, variada y distinta quiere hacer tareas muy complicadas, las que tiene divididas en su cabeza, en su conciencia, en su entendimiento y a veces hacen que se turbe un poco. Yo creo que nosotras, las mujeres, no debemos estar turbadas pretendiendo ser tantas mujeres. Mi madre era sólo una mujer, una mujer completa. Y el ideal de mi vida ha sido tratar de ser como ella.
En cuanto a ser compañera, es muy difícil ser la compañera de mi marido; ¡ustedes se podrán imaginar! Cuando me enamoré de él, lo que pensé fue “me voy a dejar llevar de mi corazón”. En esto he sido solidaria, fervorosamente solidaria, de los valores morales y espirituales para los que vive mi marido. Ahí sí que he logrado el compañerismo porque ahí mando yo, en mi solidaridad. Esa la siento yo dentro de mí y se la doy completa, quiérala él o no la quiera, pero la tiene-- en silencio, participando, ausente o presente, la tiene. Creo que es magnífico ser parte de este sentido de solidaridad. Para lo que mi marido vive, para eso quiero vivir yo. Deseo que haga la vida que quiera hacer, que la haga como él quiera. Yo no le voy a pedir una casa más, un automóvil o cosas distintas a las que quiera lograr en su vida. Eso lo voy a respaldar y a facilitar, no lo voy a obstaculizar.
Después de eso--les voy a decir la verdad--he encontrado muy difícil ser compañera porque de las cosas en las que mi marido trabaja, la mayoría de ellas me son completamente incomprensibles. Pero como poseo esa solidaridad, con ella suplo mi incomprensión. Con solidaridad, con alguna sonrisa, con cierto buen humor y una conversación movida, lleno esos huecos de incomprensión. No puedo comprender a mi marido y creo que es difícil para una mujer entender a un hombre, pero eso no es malo. Creo que es bueno tener una especie de bosque, una selva oculta e inexplorada. Tener un poco de misterio sobre las pocas cosas mías que él no entiende y de las muchas de él que yo no entiendo. Desde el principio, desde que lo vi, me dije: “Nunca lo voy a comprender enteramente, pero lo amo”.
Ahora, en cuanto al recreo, mi marido no tiene “hobbies”. De los “hobbies” conocidos lo que más le gusta es, al final del día de trabajo, sentarse debajo de unos árboles y conversar y eso yo lo puedo compartir con él. Luego le gusta caminar, caminar a un tranco larguísimo, y a esto no lo puedo acompañar. Tendría que ir corriendo detrás de él y me moriría. Pero porque no comparta sus “hobbies”, no me siento menos compañera de mi marido. A él también le gusta mucho trasnochar: tiene una capacidad para contemplar el cielo, para ponerse a mirar y mirar las estrellas, y los árboles. Yo miro, miro pero me da sueño y me acuesto. Sin embargo, no me siento frustrada porque no pueda ser compañera de mi marido toda la noche; no es posible nunca. En cuanto al vino, a él le gusta el vino bueno. Acá entre nosotros no distingo un vino de otro, lo que a él le parece casi una blasfemia, pero él sabe de mis ignorancias y tolera con buen humor que no le haga gracia a sus gustos. No creo que se haga tan difícil el compañerismo si tenemos un sentido de tolerancia y sentido común, elementos que se están perdiendo tanto y que sirven para poder enfrentar la incomprensión y las diferencias que ocasionan separaciones entre las parejas.
No creo que he logrado ser una compañera perfecta; he tratado, estoy tratando y sigo tratando de serlo. Sobre esto recuerdo a una jíbara cuando vivía en la casa de Zoilo Méndez, en la subida para El Yunque. Esa mujer venía a ayudarme en los oficios de la casa algunos días y, como era tan buena gente, yo le preguntaba por qué no venía todos los días y ella me decía: “Es que mi marido algunos días los trabaja completos, otros días hace unas “chiripitas” y otros días no tiene trabajo, y para mí, cuando mi marido está en la casa, es una fiesta.” Eso se me quedó en la cabeza. Aquella mujer realmente estaba enamorada de aquel hombre con toda su alma y era una verdadera compañera. Decir que aquel bohío donde ella vivía era una fiesta porque su marido estaba en su casa, era maravilloso. Yo no he podido olvidarla.
Eso es todo lo que tengo que decirles y que creo que la mejor carrera para la mujer es casarse, pero no debe hacerlo si no está verdaderamente enamorada de un hombre.
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