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Carta de Puerto Rico
[El jardín de La Fortaleza]
Inés María Mendoza
Carta a Puerto Rico
Revista Temas (Nueva York)
Mayo de 1958
Mayo es un buen mes para conversar de los jardines. En mi pueblo de Naguabo era el mes en que recogíamos las flores por las tardes para las niñas ofrecerlas al final de la novena.
Florecían para esta época las gardenias y del cerro de flores que poníamos al pie de la Virgen salía un delicioso aroma que inundaba la iglesia. Mayo era el mes de recorrer los patios con canastas y bandejas, tijera en mano, de vestirse por la tarde de blanco con velos y coronas de flores, de ensayar con el coro de la iglesia el “Venid y vamos todos con flores a María, con flores a porfía que Madre nuestra es…”, para requemarnos después de la novena, jugando en el atrio hasta bien tarde.
De regreso del invierno en el norte, es un placer hacer el inventario del jardín de La Fortaleza en este mayo.
Hay a la entrada del Palacio dos hileras de palmas. A la derecha quedan las de coco, altas y viejísimas, y a la izquierda las reales, más jóvenes, y algunas casi niñas. Cuando llegué a esta casa, encontré sólo grama debajo de las palmeras y le fui sembrando e injertando pabonas de variados colores–amarillas, púrpuras, rosadas, blancas, a las bobas coloradas del país. Este jardín de pabonas nos surte de flores para la Casa en variadísimos colores que son la admiración de visitantes y turistas. Carlos, que cuida los Salones de los Espejos, baja temprano con una canasta a escocotar pabonas y la llena de ellas. Las ensarta en varitas de coco y hace arreglos bonitos para los salones. Escocotadas sin las hojas, duran hasta doce horas vivas. Si se van a usar para adornos de noche, hay que esconderlas de la luz en la nevera, en un recipiente cubierto y hacer los arreglos como a las seis de la tarde.
El patio interior de esta Casa debió ser de frescos ladrillos, con el pozo de agua en el fondo. Le cubrieron luego con cemento, y así está. Es hermoso, rodeado de arcadas alrededor; en el segundo piso lo rodean las galerías de persianas y en el tercero le adorna la magnifica galería de cristales en colores a la que algunos gobernadores llamaban la “galería del arcoiris.” Sembré en unos purrones jazmines de España, las enredaderas ya llegan al segundo piso y esparcen las menudas flores blancas de cinco pétalos exquisito aroma por las noches aromando los interiores del Palacio.
Hay a la salida del patio hacia el mar un viejo almendro que se ha ido inclinando en busca de luz. La flor del almendro no tiene mucha gracia, pero sí sus hojas que cambian de color desde el verde nuevo hasta el rojo haciéndonos un otoño de cuando en cuando, con sus colores cambiantes. Vuelven las pabonas, y ahora le dan la vuelta a la Torre del Homenaje con abundantes flores. Sobre la muralla y sembradas por los pájaros, se ven plantitas que de vez en cuando dejo crecer por un rato, hasta que le cojo miedo a las raíces que destruyan la piedra.
En las pequeñas reatas del paseo junto al mar he sembrado cuanto he podido meterle a la tierra que es escasa aquí y pobre, hay que aumentarla y enriquecerla echándole hojas secas y abono. Le salen a fuerza de cuido alelíes, gallegos de todos colores, isabel segunda de suaves azules, frangipanis, canarias, acacias, pascuas, trinitarias–demasiado cosas siembra mi afán de sacarle hermosura a esta tierra puesta frente a la hermosa bahía. Encontré aquí un árbol de hilán–hilán que Luis Muñoz ama. Sus flores perfuman el atardecer cuando él se despoja de los pesados artesonados techos de la casa y busca la levedad de los cielos de la bahía para descansar contemplando el poniente bajo la aromada copa. Es un coleccionista de atardeceres–los descubre verdes, lilas, rojos, grises, rosas sin contar con los corrientes amarillos y azules. Ningún atardecer aquí es igual a otro. Él recuerda los que ha habido y los compara, los destaca en sus variantes y distingue unos de otros como conocedor experto, catador de bellezas. Siguen las hileras de trinitarias rojas, blancas, amarillas, salmón a lo largo de las garitas y murallas escondiendo el suave follaje a vencidos cañones sobre los que los niños juegan montándolos como a mansos caballos.
A un feliz morador de este Palacio se le ocurrió hacerle un jardín hundido buscándole alivio a la quemante resolana del mediodía. Gran ocurrencia la de este Gobernador que nos ha legado un remanso de sombras en aguacates, guineos, mangos, palmeras, un quenepo–delicioso jardín umbrío para pasarse el mediodía solazándose en el marullo que bate la muralla, con el olor de algas y sargazos que sube y se mezcla al de alelíes, dama–de–día y jazmines. En el jardín hundido crecen hasta las orquídeas prendidas en los troncos de los guanábanos que tronchó la tormenta Santa Clara. En el fondo hay una fuente con lotos–unos abren de noche y otros de día sus corolas nacaradas, increíbles por su suavidad tiernísima que semeja brillante porcelana. Está así la fuente florecida día y noche. Hay un enduendado caracolito que le come las hojas a las flores de agua. En esta fuente teníamos peces de colores pero los gatos de la Caleta los devoraban y como los gatos son también decoraciones nocturnas en sus desfiles sobre la muralla, en verdad imprescindibles, hemos tenido que dejar de surtir de peces a la fuente, de los que tanto gozaban los niños de las escuelas. A veces comemos en este jardín hundido y da gusto mirar desde el fondo de él a la casa en sus tres tiempos: el tiempo de las torres y los guerreros, el tiempo de los primeros gobernantes y el tiempo moderno desde la reconstrucción del Conde de Mirasol.
Se ve desde el fondo del jardín cómo la casa fue creciendo desde su frente del mar hasta su frente de la calle y cómo se convirtió de fortaleza en casa morada de los gobernadores. Para fingir espacio en este jardín pequeño, el diseñador, subió unas esplanadas y bajó otras que le dan una sensación de misterioso encanto. En una de las esplanadas altas queda un gran flamboyán que luce esplendente con sus flores rojas en junio y vence entonces al jardín entero–todos los ojos se posan en él. En una de las esplanadas bajas hay unos sombríos bambús japoneses finísimos que le hacen un juego de abanicos a la brisa y surten sombra y música al visitante. Es verdad que estos bambús le quitan fecundidad al suelo, pero algo hay que pagar por su fino fresco resonante y por el calado encaje de sus ramas altas, que valen estas hermosuras al fin y al cabo por lo que le sacan a la tierra.
Sobre la Caleta sólo se dan palmeras hacia la parte que queda cerca de la Puerta de San Juan. Hay otro jardincillo que le llamamos el Jardín del Escudo frente al Salón del Trono, en el que se recrea el Gobernador mirándole desde su oficina. De este jardín ha salido la reinita que ha hecho su famoso nido en uno de los candelabros.
Sobre las terrazas del tercer piso he sembrado un jardincito en latas y purrones que me sube a donde vivo la ilusión de la tierra y en el que me entretengo haciendo semilleros de rábanos que se dan en veinte días, de lechugas, de tomatitos deliciosos del tamaño de cerezas para tomar como entremeses y de plantas de cocinar y aromáticas. Hay aquí orégano largo y orégano chiquito para adobar las carnes de cordero y cerdo; menudo perejil para el pescado, las papas, las salsas de almejas; curia, mejorana y hierbabuena para teses que entonan el estomago; artemisa, albahaca y ruda para aromar baños; menta para saborear las bebidas embriagantes.
Tengo sembrado en el mirador uvas playas que es todo lo que se da en sus ventoleras. Estas uvas resisten con sus duras hojas, claras como el cristal en su rojo transparente cuando son nuevas y duras y fieles a través de barruntos, lluvias y sequías. Se cargan de racimos, saladitas y dulces, una vez al año. Es verdad que el mirador afea a La Fortaleza porque lo pusieron sobre el joyero de cristales de colores del segundo piso y está mal construido pero es un amable miradero del mar. Se dominan desde él, el Viejo San Juan, la Catedral, la Iglesia de San José, la Casa Blanca, los campanarios y las azoteas, desde los que nos llegan músicas de liturgias y cantos de gallos en las madrugadas…
Y este es el inventario de mi jardín, el que he hecho en el mes de mayo para mis amigos ausentes.
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