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Sobre la conservación de la naturaleza en Puerto Rico
Inés M. de Muñoz Marín
El Nuevo Día, 28 de octubre de 1987
Hace algún tiempo que se reunieron unas personas ilustres en Asís, Italia. Venían de casi todos los países del mundo. Iban a rendirle homenaje a Francisco de Asís. Eran conservacionistas. Entre ellos había reyes, economistas, científicos, filósofos, gobernantes, religiosos, músicos, artistas, hasta militares había. Fueron en busca de la inspiración del santo que se salió del monasterio iluminado por la presencia del Dios Creador en la naturaleza. Se fue Francisco a buscarlo en los bosques, en las aves, en las crisálidas, en los animales, en las criaturas que tomaron residencia en la tierra al soplo misterios del Génesis.
Las reuniones en Asís comenzaban al amanecer con repique de campanas. Seguían maitines, conferencias científicas, música de los grandes maestros, danzas rituales, peregrinaciones por los campos. Convocaban los conservacionistas al genio del hombre para cuidar de la maravilla de la creación. Confiaban en darle a entender a los pueblos la hermosura de la casa que habitan. Invocaban el “no matar” evangélico para la madre grande, la naturaleza. Daban testimonio de la veneración que se le debe a la vida. Me hubiera gustado estar allí.
No puede haber prosperidad económica ni progreso si desaparecen los sistemas sostenedores de la vida que son las especies, de las que el hombre es una, la más consciente. Estas especies mantienen el aire, el agua, la tierra, las costas, el mar, la manta de Ozono que nos cubre de las furias del sol. Conmueve lo frágil que es la naturaleza cuando nos espantan los montes pelados de Haití con sus niños secos en el hueso, la pobreza en el polvo de los desiertos, el Mediterráneo pudriéndose, las selvas del Amazonas extenuadas del oxígeno que le ofrecen al planeta ... arrasadas bajo las aplanadoras. En las costa de la Isla de Puerto Rico se les disuelven las arenas y los arrecifes protectores que la ajustan, el bosque secreto de Guánica queda abierto al estrago junto a un cercado extraño.
Es casi imposible convencer a los manipuladores de la naturaleza (que la manipulan a nombre del progreso y del desarrollo económico) porque ellos logran con esto riquezas, gran poder económico y gratas ventajas políticas. Prostituyen así el cuerpo vivo más sagrado para la humanidad, su única habitación insustituible. La mutilación de los monte, el desgarre de las costas, la extinción de las aguas de manantiales profundos que recogen las raíces mágicas de los árboles sólo se explican por la ignorancia y la falta de sensibilidad de los pueblos y de quienes los representan. Los especuladores logran así beneficiarse de ventajas inmediatas, siempre antes de las elecciones próximas que les otorgarán el poder trágico de exterminar la naturaleza con prisa enloquecedora. En palabras del poeta Pedro Salinas.
“la nada tiene prisa
Que nos salven los sabios. Juan XXIII con fuerza de mando le ordenó al orbe:
“Hay que conservar la naturaleza
guardándola como se guarda un mandamiento moral,
como se guardan los mandamientos de no robar,
de no mentir, de no matar..
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