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Irene y Jack
Inés María Mendoza
Publicación homenaje a Irene y Jack Delano,
Irene y Jack Delano en Puerto Rico
1981
De las mejores vidas que se dan son las que van en parejas. Así son las de Irene y Jack aquí, entre nosotros, en Puerto Rico. Parecen "sacados de la cabeza" como se dice de las cosas inventadas. Si no fuera porque van dejando marcas imborrables que se pueden ver, oír y tocar, parecerían vidas fabulosas. Ni ellos mismos, creo, se han dado por enterados de que son unos aparecidos entre nosotros. Hay ciertos momentos en la historia de las criaturas y en la de los pueblos en las que ocurren cosas así. De ellos se hacen cuentos, romances y coplas.
Lo que iba a ocurrir en Puerto Rico tenía que ocurrir allá para los años cuarenta. Aquello fue como un golpe de mar que dejó en la arena tesoros que sólo claras pupilas descubren en piedras preciosas, en estrellas de mar caladas, en las rosadas reconditeses sonoras del caracol... maravillas, maravillas que alguna fuerza poderosa logró que cada pieza cayera en su sitio y que todo después del golpe quedara bien. Así se apareció Jack, para aquel entonces, con unos lentes fotográficos mágicos, con una finura técnica de líneas sensibles ya en el contraste de la caricatura como en los rasgos translúcidos de las imágenes --con las manos hacía cosas perfectas. Y encima de todo esto, venía cargado de música que componía y que manejaba con los misterios electrónicos. Recuerdo cómo quedó la angustia de un jíbaro flaco retratada en la rueda brillante de un packard millonario. Y así, el genio de su pupila miraba a un pueblo y le ponía música a una historia.
Traía a Irene. El bardo inglés diría otra vez, por ella, su famoso verso repitiéndolo al tiempo que no tenía poder para marchitarla y que jamás dejaría de sorprendernos en ella la infinita variedad mágica de su fantasía en sus bellos libros, en las estampas iluminadas por sus manos: "age cannot with her, nor custom stale her infinite varety" volvería a decir de su gracia el poeta.
Pero eso no es nada. Lo grande de Irene y de Jack era lo otro: la cotidiana devoción al trabajo, la laboriosidad incansable del quehacer día a día, por años, cuando enseñaban a artistas y maestros en la Educación de la Comunidad a aliviar las vidas de hombres empobrecidos; en el bohío, con la tisis, con los muertitos, cargando hamacas ensangrentadas, con los ríos crecidos sin puentes y sembrando las tierras baldías. Y todo esto Irene y Jack lo dibujaron, lo retrataron en libros, lo montaron en películas para que se vieran y se remediara --lo hicieron arte, cartel, serigrafía. Así le enseñaron a un pueblo a contemplarse y a entenderse. A aquel dolor que arrancó el golpe de mar del cuarenta, le pusieron música los músicos y le hicieron coplas los poetas y lo escribieron en teatro, poesía, cuentos y en libros.
En el silencio de la noche puertorriqueña, los maestros de la Educación de la Comunidad iban por caminos y veredas enseñando cosas sencillas, hermosas y sabias: nos enseñaban a ser sanos, a ser fuertes, a hacer caminos, a sembrar las tierras, a curar de bilharzia los ríos, a hacer puentes y escuelas. Y los que más aprendían eran los que enseñaban. Así fueron y son nuestros Irene y Jack.
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