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Sobre el gran asunto de la televisión
Inés Marín Muñoz Marín
Sin fecha
Desde que se inventó la imprenta, que fue cuando la palabra saltó de la voz y del manuscrito veloz para arropar al mundo, no ha habido magia ni maravilla como la de la comunicación por la televisión. A sin silabario, encerrada y misteriosa, no hemos aprendido a describirla bien para usarla como tan rápidamente aprendimos a manejar los tipos, cajas y moldes de la imprenta y meterlos en libros con sabiduría. A este hermoso invento se lo agarramos al espacio con luz y colores y sonidos y nos hemos vuelto locos con él. Y es que nos llena los ojos sorprendidos con la imagen instantánea, nos deleita con su oído perfecto que recoge los sonidos del espacio donde residen en la más hermosa música y con su ojo fino penetra en el proceso increíble de la clorofila, captura la hermosa brevedad de la mariposa y nos la detiene – enseñándonos la implacable de la muerte en la madre naturaleza -- todo esto lo logra la televisión más allá de los pobres microscopios y telescopios. Es la gran maestra a la que no dejamos entrar en la escuela y la empujamos a la calle y el negocio.
La televisión puede ser el más eficiente instrumento de la educación. Ya al principio de establecerse la WIPR, Luis Muñoz Marín visitó excelentes proyectos que comenzaban a desarrollarse en los Estados Unidos por universidades y escuelas. Se creó para que fuera una escuela del pueblo de Puerto Rico, esta abatida WIPR de ahora. Pasa que en la sociedad capitalista, aquí, en que naturalmente vivimos, como en tantos otros países, se han apoderado de tan valioso tesoro para la comunicación y sus diligentes lista y promotores, dándose cuenta de que vale millones y millones esta vara mágica del Rey Midas. Los educadores se han quedado atrás y estamos perdiendo esta comunicación invalorable, sorprendente. Los gobiernos saben que es necesario para la reelección democrática que se conozcan hasta la saciedad y aún un poco más, y con todo fulgor, las obras que realizan y es natural que esto sea así, no hay que ocultarlo, saben que si no se dice y se repite, no hay elección ni reelección sin televisión.
Lo que es difícil de entender es que siendo la televisión, como puede ser, el mejor maestro o la mejor maestra, lo que llegue y cubra al pueblo con una manta tejida de sabiduría de arte, de ciencia, de excelencia en el trabajo de producción, de guardador, libertades y derechos humanos, que la rechacen el Departamento de Instrucción, la Universidad -- que esté realenga buscando quién pague por ella, porque resulta caro educar al pueblo bajo la responsabilidad y custodia de un gobierno que lo eligió para eso.
Lo más asombroso de la televisión es que consigue la atención inmediata del estudiante, multiplica al buen maestro, (del que sabe enseñar) lo multiplica sobre el maestro flojo, mediocre, lo sube a la torre alta de que nos habla la Biblia, cosa que no lo lograban Hostos, Gabriela, José Martí, Roger Baldwin, sino a fuerza de llevar el alma en vilo. En la televisión no hay lugar para el maestro flojo ni torpe porque este mágico evento acentúa despiadadamente la mediocridad, la agiganta (como una venganza de los dioses). Cuesta, pero más cuesta la ignorancia y el mal gusto.
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