Boletín de Estudios Mumarinos
Del Muñoz inédito: tendencias y curiosidades reveladoras Carmelo Rosario Natal
De lo que se trata
A menudo he expresado mi observación de que en general muchas de las grandes personalidades de nuestra historia no se estudian en todas sus facetas, sino en áreas parciales, especialmente la política, lo cual no permite evaluarlas en su dimensión integral. Hacen falta estudios biográficos que documenten y ubiquen en sus correspondientes perspectivas la diversidad de sus talentos y actividades, de modo que se puedan emitir conclusiones y juicios más científicos y menos contaminados por la predominante tendencia a evaluarlos por su presencia en el escenario estrictamente político. Hay que rescatarlos en cuanto entes complejos y polifacéticos, de modo que su persona humana no siga subsumida por la apología acrítica, el comentario cargado del adversario ideológico o la sentencia petulante del politólogo al uso.
Muchos años de estudio del corpus documental, periodístico, literario, epistolar y oral que nos ha legado Luis Muñoz Marín me han agudizado en algo la vista para poder fijarme en tendencias y curiosidades que se pasan por alto al momento de justipreciarlo, y que son generalmente inadvertidas porque parecen ser incidentales. Sin embargo, la recurrencia de estas tendencias y curiosidades en distintas etapas de su vida proveen pistas y claves para entender mejor los resortes de su pensamiento y de su sensibilidad. Mientras una buena cantidad de trabajos se ha dedicado a elaborar críticamente el proceso de su pensamiento en torno al problema del estatus político, yo personalmente me he concentrado en destacar al hombre, la persona, el servidor público y el humanista, las facetas que precisamente han quedado ocultas, difusas o subsumidas por el contexto político.
En esta ocasión deseo compartir con ustedes algunos de los hallazgos sobre el particular a que se refiere el título. Esta sería la primera entrega de un posible estudio más extenso que abarcaría sucesivas etapas de la vida de Muñoz. Por lo pronto, me referiré al período que va desde su primera juventud hasta las históricas elecciones de noviembre de 1940.
Juveniles andanzas inéditas en Estados Unidos. Durante los años formativos de su juventud socialista e independentista en los Estados Unidos, Muñoz Marín estuvo involucrado en andanzas y aventuras que no han aflorado a la atención pública en nuestra época, o que han sido apenas esbozados en algunos escritos. En mi estudio sobre su juventud documenté su formación política, periodística y poética. Asimismo, la Dra. Amalia Lluch vuelve sobre estos temas en su trabajo, poniendo el énfasis en la veta de Muñoz como organizador de obreros latinoamericanos en el exilio en Nueva York y como partícipe en las conspiraciones fallidas contra la dictadura de Juan Vicente Gómez en Venezuela y para una posible candidatura de Sandino a la presidencia de Nicaragua. Por otra parte, queda por ampliar y documentar a fondo las numerosas instancias en que aparece el joven Muñoz como uno de los líderes y oradores de vanguardia entre las comunidades obreras de la izquierda política independentista en Nueva York durante la década de los años veinte. Un desglose de los testimonios de Bernardo Vega y de Jesús Colón y de las publicaciones latinas de la gran urbe de entonces, por ejemplo, proveerán pistas, nombres y agrupaciones. Asimismo, los recuerdos que el propio Muñoz recoge en los borradores preparatorios para el famoso “libro” que nunca terminó, ayudarían a completar el cuadro de esta faceta poco explorada de su etapa formativa. Los detalles y el conjunto de estas experiencias nos harán comprender mucho mejor la presencia persistente de ciertos temas sociales y políticos a lo largo de su carrera posterior.
También sus relaciones poético-patrióticas de estos años merecen mayores indagaciones. El caso de su íntima amistad en Nueva York con Juan Antonio Corretjer es característico. Allá, en una bohemia fina, “bohemia con corbata”, como la denominó Corretjer cuando lo entrevisté en su casa en Guaynabo en 1973, soñaban juntos la patria libre y las posibilidades de la fama literaria. Hasta que cerca de 1929 Corretjer, en un poema que le dedica a su amigo Luis, titulado “Regresemos a la montaña”, lo invita a que lo acompañe al regreso, para contribuir ambos a la redención del Puerto Rico que era “pobre bajo las garlopas/del ciclón y San Washington.” En bella imagen le dice: “Paremos sobre el Yunque/hagamos un lazo del horizonte/atarrallemos el viento. Y termina su invitación así: “Regresemos a la montaña/urna de nobles promesas/factoría de espíritus fuertes/donde se hace la patria/con viandas y leche de vaca” Esta relación se había consolidado en Puerto Rico cuando, en 1926, Muñoz, entonces director del periódico La Democracia, le había conseguido a Corretjer su primer trabajo como periodista en dicho rotativo. La amistad duró hasta que Muñoz evolucionó hacia la autonomía a mediados de la década de los años cuarenta. Y aún así, en su correspondencia, para recriminarlo, todavía le decía: “Querido Luis”.
Hay una instancia curiosa de aquellos tiempos, sobre la cual no he encontrado indicios en los materiales para su “libro” inconcluso ni en ninguna otra fuente mumarina, a excepción de una línea que le dedica Muñoz al asunto en uno de los borradores [Borrador B, 157] y una carta que localicé entre su correspondencia y que publiqué en mi libro en homenaje al centenario de su nacimiento, en 1998. Me refiero a lo que parece haber sido una fugaz y atípica aventura de Muñoz como soldado, posiblemente entre 1917-1918 (¿). Recuerdo que en una de las entrevistas que le hice en 1975, mientras hablábamos de su producción poética en Estados Unidos, me mencionó el hecho de que guardaba muchos poemas en un gran bolso militar que se le perdió. También escuché en los predios de la FLMM unas referencias de parte de Julio Quirós, provenientes de la memoria de Doña Inés, en el sentido de que Muñoz le había mencionado a ella esta corta aventura militar, de la cual se desligó prontamente, desapareciendo del campamento militar, presumiblemente con el susodicho bolso a cuestas. La carta a que me refiero está fechada el 9 de julio de 1975 y en ella se ubica el campamento de entrenamiento militar a orillas del Lago Champlain, cerca de Plattsburg, en el norte del estado de Nueva York. “Como aprendiz de soldado – escribe Mñoz – viajaba a pie con un saco de qué sé yo cuantas libras, colgado a la espalda”.
Un aprendiz de soldado que viajaba a pie con un pesado saco colgado a la espalda. Ahí guardaría los poemas que nunca conoceremos. ¿Por qué habría de ingresar a un campamento militar para entrenamiento el joven Muñoz? Esta actividad no parece ser consonante con lo que conocemos de su carácter e inclinaciones de entonces y de siempre. Nunca lo sabremos con certeza, aunque podríamos sugerir (sujeto a investigaciones posteriores) que la aventura probablemente tuvo que ver con la Primera Guerra Mundial y tal vez con un intento de suplir estrecheces económicas.
De ser cierta la versión de que desapareció tempranamente del campamento, el acto sonaría muy a tono con su temperamento juvenil rebelde a la disciplina y a la rutina no creadora. Así era, y lo sabemos, porque también se había fugado de la Escuela Preparatoria de Georgetown en Washington, huyendo precisamente del inmisericorde autoritarismo de la famosa escuela jesuíta. También se había fugado de la rutina que fue el breve trabajo que ejerció como secretario de su padre en Washinton y poco después como ayudante del sucesor de aquél, el Licenciado Félix Córdova Davila. Se fugaba de Washington para Nueva York a disfrutar la vida artística, poética y teatral de la gran urbe. La tendencia a la fugacidad de estas actividades inicales en que se involucraba era una característica mumarina de entonces. Curiosamente, durante sus años posteriores en la refriega política, se conoció a un Muñoz de una extrema disciplina y tenacidad en sus iniciativas. Es que no era lo mismo la mentalidad errante del literato poeta, libre, romántico y atrevido, y la responsabilidad que imponía el servicio público.
Es significativo que Muñoz no haya abundado posteriormente sobre los detalles de aquel volandero episodio militar. ¿Por qué? Sospecho que ello tiene que ver con su inclinación (en general) a ser parco en la narración de la pobreza y las grandes limitaciones materiales que rodearon aquella etapa de su vida. Ciertamente, no encontramos jeremiadas significativas en el cuerpo de los escritos de Muñoz.
El aburrimiento. A todos nos ha angustiado en un grado u otro, o nos hace sombra en este momento, el estado del aburrimiento. Es un compañero de viaje inevitable al cual nos hemos enfrentado de alguna forma. Mi impresión es que invade más a las personas de inteligencia sobresaliente que están bien informadas, y que tienen mucho mundo y amplia imaginación. A estas personas, por lo general al tanto de los trajines del universo que les rodea y de las actitudes de los individuos que forman su entorno, muy pocas cosas le son nuevas, interesantes y motivadoras. El aburrimiento se lo provoca lo previsible, lo establecido, lo vulgar, lo pequeño, lo repetitivo, lo insípido y la inmovilidad. Pienso que los tiempos que vivimos propician más que nunca el aburrimiento, en la medida en que la tecnología y las comunicaciones masivas instantáneas hacen demasiado previsible y cuadrada la vida de la gente.
Luis Muñoz Marín tampoco pudo escapar a esta inevitable condición. Lo demostraba en algunos escritos y en la expresión oral. Desde Nueva York en la década de los años veinte, escribía ocasionalmente reseñas sobre poetas “aburridos”. En un artículo periodístico de agosto de 1922 compara la civilización estadounidensse con la latinoamericana. Los latinos, dice, “tenemos algo de la Europa que canta, pinta, esculpe, bebe, ama, se mata y se divierte.” Losa gringos, en cambio, “sólo saben hacer máquinas y morirse se aburrimiento.” [La Democracia, 12 de agosto de 1922] Después de algunas incursiones en la política puertorriqueña, regresaba a la gran metrópolis, según me decía, “porque me aburrían las peleas aquellas de Barceló-Tous Soto, Tous Soto Barceló”. Los oradores “pico de oro” eran el colmo del aburrimiento, con su vocabulario de altisonante verborrea que no iba al meollo de los problemas sociales. Los programas de los partidos políticos eran repetitivamente monótonos en todos las contiendas electorales. Las coaliciones políticas previsibles iban dirigidas a la obtención del poder y no al bienestar de la gente. Era un mundo provinciano en el que poco cambiaba, aquel al que regresaba el joven que estaba acostumbrado al cosmopolitismo de la inmensa ciudad del norte. Inclusive llegaría un momento en la vida de Muñoz en que hasta le aburrirían, más tarde en los tiempos de su ascendencia en el poder, según pude colegir de nuestras conversaciones, los excesivos halagos y el servilismo demasiado incondicional de algunos de sus allegados y colaboradores.
Poesía, imaginación, creatividad. Fue con estos elementos que Muñoz combatió a lo largo de su vida el aburrimiento. Como artista, estaba convencido de que la política era una función del arte, y el arte una función del bien. Se requería “un político con alguna poesía en su manera de ser.” Así, entendemos mejor por qué inventó formas creativas y novedosas de hacer política en Puerto Rico. Esto lo comenzó a lograr durante la famosa campaña del año 1920 junto a Santigo Iglesias. Se convirtió entonces en el orador más fogoso e imaginativo del Partido Socialista, dándole un sesgo dramático a sus apariciones ante el público en numerosos cine/teatros del país. A ningún orador político se le había ocurrido, por ejemplo, ofrecer una conferencia sobre el tema de la noche e invitar al público a rebatir sus ideas en intercambio abierto y sin regodeos retóricos. Hasta llegó a inventarse un recurso muy audaz motivado por su fanatismo teórico marxista de entonces. Le advertía al público en el cine donde él hablaría, que no importara el tema de la película que se exhibiera esa noche, él demostraría que detrás de la historia lo que había era una conspiración capitalista para explotar a los obreros. Nadie en el país había participado antes en actividades políticas de esta índole, en las que había ese elemento que hoy llamaríamos “interactivo”.
No es necesario repetir lo conocido con relación a sus campañas políticas posteriores, pero vale la pena observar que en el proceso de crear una novedosa metodología de la acción política, no tuvo tiempo para aburrirse. Por el contrario, su tiempo vital se llenó de retos y de respuestas nunca antes ensayadas. Tramoyó la aceptación de su programa como si fuera el de Barceló para la campaña del Partido Liberal en 1932. Le montó un partido dentro del Partido Liberal a Barceló después de la derrota de 1936; no como un acto de traición, sino respondiendo al anquilosamiento del organismo y siguiendo la voz de un proyecto y un llamado que eran estimulados por el apoyo amplio que recibía y el programa atractivo que predicaba. Reclutó, organizó y mobilizó un impresionante grupo de las mejores cabezas profesionales jóvenes del país que compartían su idealismo. Se fue directamente al pueblo y lo educó en democracia, limpieza y esperanza, con persuasión pedagógica accesible. Supo usar imágenes ilustrativas de una elemental sencillez, a tono con los niveles de instrucción de su principal audiencia masiva. (El Batey, Catecismo del Pueblo, discursos, emisiones radiales). Se manifestó como “el vate”, en su doble acepción de poeta y visionario que invitaba a un mejor futuro a quienes quisieran acompañarlo.
El actor tras bastidores. Ningún político del país ha sabido ejercer su liderato tras bastidores como lo hizo en su tiempo Luis Muñoz Marín. Como se sabe, siempre hubo en él una cultivada tendencia teatral, que lo inducía a preparar los escenarios, después de una cuidadosa elaboración de los resultados planificados. Son numerosas las instancias. Se inicia como periodista tímidamente desde Washington en 1915, enviando unas crónicas a La Democracia, firmadas solamente con sus iniciales. A comienzos de los años veinte sigue remitiendo columnas al periódico, bajo el seudónimo de Jacinto Ortega, posiblemente para no resultarle embarazoso a Barceló. Posteriormente, durante los treintas, regresaría a la isla de incógnito por lo menos en una ocasión, presumiblemente para no complicarle políticamente la situación al Partido Liberal. Es factor determinante en las conversaciones privadas que conducen a la salida del infame Gobernador Gore del escenario puertorriqueño en 1934. También tras bastidores será el promotor de facto de los trabajos de la comisión que elaboraría el famoso Plan Chardón, sin pertenecer oficialmente a la misma. En 1937 será el principal factor que logra que la American Civil Liberties Union envíe a Puerto Rico al Lic. Arthur Garfield Hays a presidir el famoso comité que pasó el juicio condenatorio sobre la Masacre de Ponce. Mientras tanto, había dado las batallas esenciales tras bastidores en Washington para asegurar el nombramiento del liberal Lic. Benigno Fernández García como Procurador General de Puerto Rico, de modo que éste movilizara exitosamente, como eventulamente se logró, el caso jurídico dirigido a poner en vigor la Ley de los 500 acres.
Evidentemente, la ocasión en que con mayor maestría ejerció Muñoz el arte de la actuación tras bastidores, fue durante el proceso de formación, inscripción y organización del Partido Popular Democrático entre 1938-1940. El trabajo requería planificación, orden, disciplina, sacrificio y mucha discreción. Se sabe que los políticos se burlaban del partidito recién fundado que pretendía competir con los grandes. Pero también sabemos que en buena medida Muñoz alentaba, con diferentes estrategias, la imagen caricaturesca que se hacía de su iniciativa. Quiso dar la impresión, por ejemplo, de que él y su gente trabajaban poco, y así logró que los periodistas proyectaran la imagen de un haragán con su círculo de amigos, que se las pasaban en la finca del americano en Treasure Island. La realidad era que su grupo trabajaba arduamente; y aunque los progresos fueron lentos al principio, el impulso grande se notaba hacia 1940, cuando ya los que se burlaban del PPD notaban algo extraño en el crecimiento el partidito. Pero Muñoz, hábil histrión, no soltaba prenda pública sobre el arraigo creciente de su movimiento. Mucho trabajo tras bastidores, emulado por miles de correligionarios nuevos que transmitían el mensaje sigilosamente, como los chóferes de carros públicos, los empleados en los muelles, los servidores públicos del gobierno y las uniones obreras.
En medio de la dramática campaña, y superando los múltiples problemas y obstáculos, a Muñoz le era indispensable que ocurriera una decisión democrática basada en elecciones limpias, en las que se erradicara o minimizara la compraventa del voto y el terrorismo eleccionario. Para lograr este objetivo del que dependía todo el sacrificio de años, el líder se acercó al nuevo gobernador de Puerto Rico, William D. Leahy, a partir de octubre de 1939. Hay que aclarar la naturaleza de esta relación, puesto que en ella vemos a Muñoz una vez más como el exitoso actor tras bastidores.
Un estudioso de la relación, el Dr. Jorge Rodríguez Beruff, originalmente pensaba que entre Muñoz y Leahy hubo “negociaciones”, lo cual implicaba que las mismas eran conducentes al apoyo para la victoria de Muñoz en las elecciones. Así lo expresó en artículos y a mí personalmente. Desde el principio le objeté que no había evidencia de que existiesen tales supuestas negociaciones. Era imposible que las hubiera, puesto que el movimiento de Muñoz era aún prácticamente desconocido para Leahy, e incluso para la mayoría del país. Muñoz no tenía ningún poder ni capacidad para negociar nada. Pero aún así, la presunción fue que la mejor prueba de que hubo negociaciones, habría sido el hecho de que Muñoz tuvo éxito en las elecciones de 1940. Tuvo éxito, ergo tuvo que haber arreglos que lo favorecieron. Esta tesis incorrecta se amparaba obviamente en un razonamiento a posteriori. Era la que sin duda permeaba la posición inicial de Rodríguez Beruff y otros comentaristas. Pero a medida que estudiaba la documentación inédita que localizó, este autor se percató de la realidad y dejó de escribir sobre las supuestas negociaciones. De hecho, en sus excelentes estudios más recientes, ha demostrado que Leahy, enemigo de la Coalición, se inclinaba hacia el Partido de Unificación Tripartita e inclusive sospechaba de las inclinaciones izquierdistas del emergente PPD, al cual no le veía oportunidades de triunfo. Con este punto de vista coincide otro estudioso, el Dr. Carlos Zapata, quien escribe que Leahy “no le daba la más minima posibilidad de triunfo” al PPD. El resultado electoral tomó por sorpresa a Leahy y al país entero.
Muñoz visitó a Leahy, tal como lo hicieron también los demás líderes de los partidos políticos contendientes, como era la costumbre cada vez que llegaba un nuevo gobernante a la colonia. Pero el propósito que perseguía fue muy diferente a la muy divulgada y falsa noción de que Muñoz negoció para dejar a un lado el asunto del estatus (especialmente el de la independencia) a cambio de ayuda para ganar las elecciones. Ya esta absurda simplificación de la historia ha pasado a mejor vida. El diario de Leahy sobre su estadía en Puerto Rico, que localicé en los archivos de la Universidad Interamericana de Puerto Rico (Recinto Metropolitano) revela que Muñoz visitó al gobernador en cinco ocasiones. Además de exponerle los objetivos de su movimiento político, como lo hicieron los otros líderes con los suyos, el asunto vital que le planteó una y otra vez fue la necesidad de que las elecciones fueran limpias, con lo cual estaba de acuerdo el gobernador. La insistencia de Muñoz en el asunto condujo a Leahy a pedirle a éste que preparara un procedimiento para localizar y denunciar al instante, por un sistema de comunicaciones teléfónicas a la policía, los casos de compraventa de votos y de encierros de electores el día del sufragio. El documento sobre este particular que preparó Muñoz para ser aplicado por todos los partidos contendientes por igual, sin privilegios para el suyo, está disponible en la Fundación Luis Muñoz Marín. Su memoria corroborativa de lo que antecede se puede leer en las páginas 523-524 de la transcripción de sus extensas conversaciones con el periodista Alex W. Maldonado, también disponibles en los archivos de la institución. Aunque el Dr. Rodríguez Beruff parece darle el mérito principal de la iniciativa para que ocurrieran unas elecciones limpias al gobernador Leahy, para mí es evidente que fue la prédica pública y la insistencia privada de Muñoz a esos efectos ante el primer ejecutivo, el factor determinante que persuadió a Leahy a darle su confianza al líder popular sobre este particular. Esta otra exitosa actuación tras bastidores tendría impactantes consecuencias para la historia de la práctica política en Puerto Rico.
Líder en la defensa de los nacionalistas. Una de las experiencias más importantes en la vida de Muñoz, sin la cual no se pueden comprender sus dilemas posteriores relativos al problema del estatus político, lo fue su estrecha relación con Pedro Albizu Campos y los nacionalistas desde mediados de la década de los años veinte hasta fines de la década de los años treinta. Independentista casi desde la cuna, como he demostrado en un libro de 1994, Muñoz nunca propulsó la confrontación directa, física y militar contra el poder colonial de los Estados Unidos en Puerto Rico. Su metodología fue muy diferente a la de Albizu, con el cual, como se sabe, sostenía largos diálogos sobre sus diferencias desde 1927. Se conocieron a comienzos de ese año, se hicieron amigos y eran vistos a menudo en sus reuniones en el Hotel Palace de Santurce, donde se hospedaba Muñoz cuando dirigía La Democracia (1926-1927). A Muñoz le impresionó mucho el estilo oratórico directo, argumentativo y vehemente de Albizu, quien coincidía con él en los principales análisis de las causas de la desgracia de las masas humanas en la colonia. Posteriormente, durante la campaña electoral de 1931-1932, se reunieron en la casa de Albizu en Villa Palmeras a considerar las opciones políticas de cada cual. Muñoz no se unió al Partido Nacionalista, sino al naciente Partido Liberal, que siendo uno de masas prometía mayores posibilidades tanto para su futuro político como para sus proyectos programáticos para Puerto Rico. Pero anunció que votaría por Albizu para el Senado. Los nexos de amistad y de coincidencias ideológicas (más no metodológicas) persistían. Durante toda la crisis de 1936-1937 que precipitó el asesinato de Riggs y el subsiguiente asesinato de sus asesinos, que tuvo como consecuencia inmediata el famoso Proyecto Tydings, Muñoz se particularizó por ser el más prominente de los defensores de los nacionalistas dentro del liberalismo puertorriqueño. La prensa de la época lo documenta y era un hecho de conocimiento público entonces.
Pero lo que no se sabe a estas alturas; o tal vez prefieren no mencionar los que lo recuerdan, es que no solamente fueron amigos personales Muñoz y Albizu. También fueron amigos personales Muñoz y Francis Elisha Riggs, el jefe de la policía del gobernador Blanton Winship. Y también fueron amigos personales Albizu Campos y Francis Elisha Riggs. Lo repito: Riggs y Albizu se conocían y fueron amigos personales. Ambos a su vez, lo fueron de Luis Muñoz Marín. Muñoz atestigua una y otra vez en los borradores para su libro que Riggs era un católico practicante que acudía a misa los domingos y que era una persona buena que era públicamente reconocida como tal. También repite en la transcripción de sus recuerdos que Riggs era amigo personal de Albizu, lo cual era también de conocimiento público entonces Inclusive, se les veía tertuliando amigablemente sobre asuntos religiosos y filosóficos. Si el testimonio de primera mano de Muñoz, que era amigo de ambos, no fuera suficiente para convencer a los incrédulos, véase en un escrito de Juan Antonio Corretjer la instancia en que éste también lo atestigua. Aunque prefiere no decirlo tan explícitamente como Muñoz. Afirma Corretjer que Albizu y Riggs “hicieron contacto personal” en enero de 1934 con motivo de una huelga obrera. El mediador fue el Ingeniero Félix Benítez Rexach, independentista y amigo íntimo de Albizu “y amigo personal también de Riggs.” Asevera Corretjer que “Riggs conocía a Albizu de sobra”. Y añade: “Doy testimonio personal de que entre ambos hombres no había antipatía personal.” (Juan Antonio Corretjer, El líder de la desesperación, págs 25-26) Y si esto tampoco fuera suficiente, véase una carta de época posterior de la distinguida y querida discípula y protectora de Albizu, Ruth M. Reynolds, quien dice explícitamente que Riggs era “a personal friend” de Albizu. (Papeles de Ruth Reynolds, en el Centro de Estudios Puertorriqueños de Hunter College en Nueva York)
Destaco esta relación inédita para señalar una vez más cómo muchas de las interioridades de la infrahistoria humana, siempre complejas, ricas y reacias a la lógica política simplista, suelen ocultarse en nuestras narraciones. Sólo se habla del asesinato de Riggs y su secuela inmediata. No se menciona la amistad de Albizu y Riggs. Los que pretenden que la historia sea una simple ecuación matemática y de estricta lógica política, no aceptarán estas dos proposiciones aparentemente contradictorias. Para los que nos ocupamos de reconstruir contextos y de las complejidades de la dinámica humana que conlleva oficio de historiar, casi nada nos es extraño.
De todos modos, lo que me interesa destacar del hilo de esta historia desconocida es que Muñoz, amigo de Albizu y de Riggs, aunque obviamente más a tono con el pensamiento del primero, respondió como pudo a la desgracia de ambos. Su reacción al asesinato de Riggs y al asesinato de sus asesinos, condujo a un rompimiento político con su antiguo amigo Ernest Gruening, quien exigía de Muñoz algo que éste se negó a hacer: justificar el asesinato de los dos policías. A fines de 1936 proponía, según documento existente en el archivo personal de la Dra. Gloria Arjona, una pensión a la viuda de Riggs. Con relación a Albizu, Muñoz seguría intentando contribuir a su liberación, como se verá en lo que sigue.
Hacia mediados de 1937 a Muñoz lo expulsan del Partido Liberal y a Albizu lo expulsan de su patria, rumbo a la penitenciaría de Atlanta, después de un año de prisión en la cárcel de La Princesa. Al fundar Muñoz en Arecibo el Partido Liberal Neto, Completo y Auténtico, una de las primeras resoluciones de la asamblea fue a favor de la excarcelación de los presos nacionalistas. Por otra parte, en mi incursión investigativa por ese mare magnum que es la inmensa colección de borradores y materiales que acumuló Muñoz para “el libro”, me he topado en tres ocasiones con unas breves referencias que hace el memorialista a un incidente que hago público por primera vez. En medio de la extrema tensión política del momento, e impulsado por el respeto que sentía por Albizu y la injusticia que se cometía con él, volvía a recurrir a su sentido de lo dramático y espectacular: Muñoz nos sorprende al revelar que conspiró, nada menos que con el Procurador General de Puerto Rico, para lograr la fuga de Albizu, antes de que se lo llevaran para Atlanta. El plan consideraba la posibilidad de una fuga hacia algún país de Latinoamérica. Así le dice a Alex W. Maldonado en el extenso texto de más de 500 páginas que surgió de sus conversaciones grabadas: “Simpatizaba con Albizu, que aunque con métodos equivocados, tomaba en serio la independencia. Lo creía hombre dispuesto al sacrificio, y en esto no estaba equivocado nada más que en parte. En algún momento antes de su traslado a la cárcel de Atlanta, inicié una conspiración con Benigno [el Procurador General Benigno Fernández García] para facilitarle escapar de la cárcel de La Princesa.” (Véanse los borradores de las conversaciones con Alex W. Maldonado y las Cartas a Rina) Es de lamentar que a Alex Maldonado no se le haya ocurrido en el momento de la entrevista pedirle más información y detalles a Muñoz sobre el proyecto de conspiración para la fuga. Me parece que el episodio que rememora Muñoz es consonante con su manera de ser propensa al efecto dramático y, sobre todo, refleja su pasión política independentista de entonces, sentimiento que permeaba la eclosión nacionalista del momento.
Y seguiría siendo consistente en su defensa de los nacionalistas. Ya que no se pudo hacer nada concreto con relación a la fuga de Albizu, trabajaría Muñoz contra la barbarie de la Masacre de Ponce y sus secuelas inmediatas. La documentación disponible establece que fue el principal motor que condujo a que la American Civil Liberties Union enviara a Puerto Rico al famoso abogado Arthur Garfield Hays, a presidir la comisión que investigaría las violaciones de los derechos civiles de los puertorriqueños, especialmente lo relativo a la Masacre de Ponce. Esto no se menciona en ninguna relación de la Masacre ni de los trabajos del famoso Comité Hays. No solamente actúa Muñoz tras bastidores para que esto ocurra, sino que, en contacto con sus colegas, Roger Baldwin, Hays mismo y el Lic. Antonio Ramos Antonini, entre otros, se asegura que el comité que presidiría Hays estuviera formado por personalidades distinguidas y de mentalidad liberal, como en efecto ocurrió. (Véase el ensayo sobre este tema en este libro)
Estas instancias del Muñoz inédito de la primera etapa de su carrera pública pueden servir, como dije al principio, para comprender mejor a la persona, sus sensibilidades y mentalidad. Pienso que es un ejercicio útil que debería aplicarse por medio de investigaciones frescas y desapasionadas a otras figuras importantes de nuestra historia que, como la de Muñoz, han sido víctimas de una simplificación biográfica que reduce sus actuaciones prácticamente a sus posturas políticas. Esto nos ha privado en buena medida de comprender sus verdaderas grandezas como seres humanos en todas sus dimensiones.
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